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martes, 27 de agosto de 2013

Odracir, nada pasó.

“A cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear.”
Marcel Proust (1871-1922) Escritor francés.

Si fueras capaz de leerme, de escribirme o de pensarme, me vivirías como quiero que te vivas, me recorrerías, como quiero recorrerte y tu piel se fundiría esta misma noche con las sábanas que cubren mi colchón.
El perfil que las sombras me dibujan de tu rostro, cuando el silencio de las noches te sofoca, me provoca un vértigo  que me hace imaginar caricias peligrosas y escenas, escandalosamente silenciosas. 
Si leyeras mi mente y entendieras mis sonrisas, explotaríamos en un volcán de besos clandestinos, besos sin reservas besos que no generen compromisos.
Desataríamos nuestra propia tormenta  por la noche, arrojando las sábanas al piso y nadie sería capaz de distinguir tu silueta de la mía, mi cuerpo del tuyo, mi aliento respiraría de tu aliento y tu sudor se volvería mío.
Y al despertar, al despertar tal vez amanezca entre tus brazos y tú entre los míos pero al abandonar esta cama, al tocar mis pies el suelo, nuestro holocausto sería un eslabón perdido, un sueño de una noche de verano, un recuerdo vagamente infinito y al verte a los ojos de nuevo, a la luz de un nuevo sol, sólo diríamos –Buenos días- y sabríamos que anoche nada pasó.



domingo, 6 de mayo de 2012

Reflexiones de una enferma mental...


Cada vez me cuesta más trabajo ponerme la máscara, creo que ya está agrietada en algunas partes y la gente empieza a notar mi sonrisa falsa.

Pero ¿quiénes son ellos para juzgarme? Todos usamos la máscara y a los que no la usan los encierran en el Manicomio, porque según dicen, están locos.

Hay máscaras de todos tipos y para todas las ocasiones y el truco está en sabérsela quitar cuando uno está solo, para imitar ese resolladero de la olla de presión. Porque sino, uno corre el riesgo de explotar, con lo que la máscara saldría volando y una vez que a uno lo han visto sin la máscara, es imposible que lo vuelvan a ver igual.

Lo más conveniente en estos casos es tomar sus cosas e irse a vivir a otra ciudad y de ser posible a otro país, por supuesto, debe uno llegar al nuevo hogar con la máscara puesta y tratar de dejar lo ocurrido en el pasado.

Pero mi máscara ya no está en buenas condiciones, creo que los cambios que le he hecho durante mi vida han repercutido en su estado. La sonrisa ya no se ve natural, se nota forzada, la lágrimas han reblandecido el cascarón desde adentro y el sol ha causado sus propios estragos.

Por eso he decidido ir a la clínica de salud mental, con la esperanza de que me ayuden a restaurar mi máscara, aunque con miedo de que ya no tenga remedio y me quieran internar de por vida.

Y si me internan, ¿Que qué voy a hacer? Pues nada, después de todo estoy acostumbrada al encierro, y vivir encerrada en un Hospital Psiquiátrico no creo que sea peor que vivir encerrada entre las murallas de mis locos y psicóticos pensamientos...

Drew Cabral (R)