sábado, 5 de octubre de 2013

Reflexiones de una enferma mental

LÍMITES 

Anoche volví al hospital psiquiátrico porque ataqué a un hombre. No puedo describir lo que hice porque la verdad no lo recuerdo. Lo único que recuerdo es que mis manos estaban llenas de sangre cuando desperté en mi cama. Se suponía que llevaba un excelente avance, mi terapeuta estaba orgulloso del progreso que había mostrado. Tenía un pequeño trabajo de secretaria y la trabajadora social no dejaba de admirar lo que había hecho en mi departamento. Un lugar pequeño pero acogedor. Incluso me había felicitado. 

Pero algo sucedió, no recuerdo qué. Mi mente está bloqueada, tengo una enorme laguna mental, un hoyo negro en mi cabeza. No sé qué sucedió. Sólo sé que mis manos estaban manchadas de sangre que no era mía cuando desperté en mi cama. 

Sé que he procurado guardar todos esos sentimientos negativos hacia los malos tratos de la gente, ese rencor hacia los que se pasan de listos conmigo pero no dejo de tomar mi medicamento y hace seis meses que no falto a ninguna de mis terapias. Sin embargo, mis manos estaban llenas de sangre que no era la mía y la ropa que llevaba un día antes estaba empapada en sangre cuando me levanté de mi cama. 

La vecina llamó a la policía y ellos a su vez llegaron con ambulancias. Tuvieron que despertar a mi terapeuta y él se encargó de que yo no pisara la cárcel ni un minuto. 

Cuando salí de casa escoltada por los guardias del hospital, vi escrito sobre la pared de mi fachada la palabra LÍMITES. En mayúsculas y con sangre. Aún no sé qué sucedió o por qué desperté con las manos  llenas de sangre en mi cama. 

(R) Drew Cabral

viernes, 20 de septiembre de 2013

Aniversario de mi vida nueva...

Hace tres años, el 20 de septiembre del 2010, mi vida cambió para siempre. 
Me preparaba para una entrevista de trabajo, hacía una semana que había abandonado el convento y no tenía nada. Había vendido mis cosas, renunciado a mi amado trabajo en el Seminario de Guadalajara, y las últimas clases que había tomado eran las del Interreligioso. Mi hermana me había conseguido una entrevista en su trabajo y yo estaba en ello cuando me llamaron del Colegio Felícitas de la Cruz, era la hermana Lupita, para decirme que se habían quedado sin maestro de español y que necesitaban quien cubriera ese mismo día uno de los grupos. 
Me comunicó con la directora de la secundaria, quien a su vez me medio entrevistó por teléfono y me propuso ir por dos semanas de prueba para la materia con tres grupos, los dos 3° y un 2° grado. Y como pude salí disparada porque la clase comenzaba a las 12:10 y ya eran las 11. 
Llegué un par de minutos tarde, la madre Directora me recibió con la lista de asistencia y los libros de texto. Me acompañó a un salón que estaba casi al final del pasillo de la planta alta y me presentó. Dos minutos después de regañarlos y advertirlos me dejó sola. Me miraban alrededor de 35 alumnos, en aquel momento yo no sabía que además de la reputación de la escuela de recibir a los casos perdidos, chicos expulsados de otras escuelas, etc. (Los mismos sacerdotes del seminario dijeron  -pobre Andrea- cuando supieron que ahora trabajaba allí) yo me encontraba frente al grupo más numeroso y con la peor conducta del colegio. Por favor queridos alumnos de 3°B, no se ofendan pero es la verdad. 
Algunos quisieron aplicar la de -hay que presentarnos- pero yo, con la mayor calma que pude porque la verdad me moría de nervios, les dije que ya bastante tiempo habían perdido cambiando de maestros (yo era la tercera maestra de español en lo que iba del año y eso que apenas llevaban un mes de clases) y que además no me iba a aprender sus nombres ese mismo día por lo que no tenía caso la presentación. En cambio les pedí que escribieran sobre ellos mismos para revisar su ortografía y redacción y luego... Ya no recuerdo. Sólo sé que cuando sonó el timbre de salida sentí un gran alivio. 
Podría detenerme y hacer un recuento de todas mis memorias de ese año, pero temo que si lo escribo me de cuenta de algunas lagunas mentales y que tal vez idealicé algunos momentos. Por esto, prefiero centrarme en lo bueno que guardo de ese año de mi vida en mi corazón ( la verdad es el hipocampo pero dejémoslo así de cursi). 

Ese año trabajé con gente extraordinaria a la que siempre recuerdo con gran cariño. El maestro Juan, quien era director-coordinador-prefecto-secretario-y-todo-lo-que-se-necesite-aunque-el-sueldo-no-lo-justifique del colegio, quien me enseñó mucho durante mi paso por ahí, sobre la vocación de ser maestro, sobre ser padres sustitutos, sobre las recompensas de dar todo en el aula (y no hablo del sobre con $100 pesos por el día del maestro por parte de la escuela). Aún agradezco las groserías que propinó cuando le dije que me habían corrido. Supe de esa manera que siempre contaría con su apoyo. 
Conocí también a dos excelentes maestras: Luci y Paty, quienes me incluían en sus amenas charlas durante los recreos en la sala de maestros. Me conmovieron con sus pláticas, compartieron su dolor y alegrías conmigo y me hicieron sentir parte del equipo de maestros. Gracias maestra Luci por recibirme en tu casa cuando nos fuimos a celebrar el receso escolar. Gracias maestra Paty por ayudarme con las planeaciones y tantas cosas que resultaron a lo largo del año. Gracias por creer que yo era la persona indicada para quedarme con todos los grupos de español cuando pudiste volar más alto. Eso me dio confianza en mi misma. 
Al teniente, el maestro Francisco, el maestro Agustín, la maestra Mony, la maestra Alejandra y el maestro Rigo, los fui conociendo poco a poco y aprendí de ellos siempre que los escuchaba. De algunos sobre la
Docencia, de otros sobre el carácter, a veces sobre la paciencia y siempre sobre la amistad y apoyo cuando se trabaja juntos. 
 La maestra Lupita estará grabada eternamente en mi memoria, por la intensidad con la que vivía la vida. El amor a los alumnos, la indignación cuando las madres eran injustas, la decepción cuando alguien le fallaba. Su carácter fuerte y dulce, sus lágrimas que me conmovían cada vez y todas las veces. Sus consejos y el modo en el que me llamaba "Andreita".  El maestro Felipe y su jovial desempeño, sus pláticas en la sala de maestros cuando ambos teníamos horas libres. La indignación de todos sus alumnos cuando supieron la forma en la que había salido del colegio. Lo extrañaron desde el primer instante y aún guardo unas cartas que le escribieron sus alumnos, las cuales nunca pude entregar. 
Aprendí mucho en ese año, sobre la vida, sobre la docencia, sobre la injusticia y sobre mí misma. Descubrí mi verdadera vocación pero no gracias a las religiosas, sino gracias a mis colegas y alumnos. 
Amé cada instante que pasé frente a los grupos. Lloré porque cuando se ama de verdad también se sufre. Nunca olvidaré a los alumnos de esa generación. A Priscila la recuerdo con mucho aprecio porque hubo amistad más allá de las paredes del colegio. Me sentí honrada cuando me invitó a su fiesta de XV años y recuerdo bonitos momentos de aquella noche, así como de los días en la unidad y los momentos en su casa y en el negocio de sus padres. Gracias por tu cariño sincero e incondicional. Gracias a todos mis alumnos y el cariño que me mostraron, gracias por sus palabras y sus cartas. Gracias por enseñarme a ser mejor maestra. Gracias por su confianza y sobre todo gracias por ser parte de una etapa tan importante en mi vida. 
No concibo la idea de no volverlos a ver y espero que pueda ser pronto. Quiero saber de ustedes, qué han hecho, dónde están ahora.  
Gracias a todos, maestros, alumnos e incluso padres de familia, por sus muestras de apoyo cuando tuve que despedirme de ustedes. Las protestas, las lágrimas, los mensajes en el pizarrón, los inbox que decían: la extrañamos maestra...
Gracias por tanto amor y por tantos buenos recuerdos, la Fil, el balneario, la graduación. Los festivales, los recreos, los proyectos en clase. Los reclamos y los agradecimientos, las 4 horas planeando los horarios que nunca pudimos cumplir. Los festejos y las pláticas en sala de maestros. Gracias a todos por sus consejos. No los olvido. 
Han pasado apenas tres largos años pero no escribí nada de esto antes por una sencilla razón: era para hoy. 

martes, 27 de agosto de 2013

Odracir, nada pasó.

“A cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear.”
Marcel Proust (1871-1922) Escritor francés.

Si fueras capaz de leerme, de escribirme o de pensarme, me vivirías como quiero que te vivas, me recorrerías, como quiero recorrerte y tu piel se fundiría esta misma noche con las sábanas que cubren mi colchón.
El perfil que las sombras me dibujan de tu rostro, cuando el silencio de las noches te sofoca, me provoca un vértigo  que me hace imaginar caricias peligrosas y escenas, escandalosamente silenciosas. 
Si leyeras mi mente y entendieras mis sonrisas, explotaríamos en un volcán de besos clandestinos, besos sin reservas besos que no generen compromisos.
Desataríamos nuestra propia tormenta  por la noche, arrojando las sábanas al piso y nadie sería capaz de distinguir tu silueta de la mía, mi cuerpo del tuyo, mi aliento respiraría de tu aliento y tu sudor se volvería mío.
Y al despertar, al despertar tal vez amanezca entre tus brazos y tú entre los míos pero al abandonar esta cama, al tocar mis pies el suelo, nuestro holocausto sería un eslabón perdido, un sueño de una noche de verano, un recuerdo vagamente infinito y al verte a los ojos de nuevo, a la luz de un nuevo sol, sólo diríamos –Buenos días- y sabríamos que anoche nada pasó.