domingo, 18 de diciembre de 2011

La poética de lo eterno


“Un delfín no es mortal,
 porque no sabe que va a morir”
Gabriel Barrón

            Nada termina verdaderamente y nada inicia verdaderamente,  la muerte y la eternidad son enigmas que nos rodean y nos cautivan cual vuelo de colibrí, que en su rapidez se muestra imperturbable. Así somos siervos de la muerte, esclavos de nuestra mortalidad y al mismo tiempo la desafiamos y nos lanzamos a vivir la vida, aunque a veces no sepamos, ni para qué vivimos.

            Tenemos la dicha y la desdicha de saber que somos mortales, porque como tales vivimos cuando debiéramos vivir como todo lo contrario. Sin embargo dejamos que el miedo nos congele a instantes y otras veces preferimos ignorarlo. Pero lo eterno, lo eterno es lo que verdaderamente nos conmueve, la creencia de un final que nunca llega, la certeza de un placer infinito, la posibilidad de burlar a la muerte.

            Estamos en una búsqueda constante de lo eterno, de hacer visible lo invisible, de decir lo que no se ha dicho y que bien podría ser eternamente secreto. Para todo queremos explicaciones y si no las desciframos nos volvemos locos, buscamos la eternidad y encontramos maneras bizarras de volvernos eternos. Algunos tienen hijos, otros hacen aportes a la ciencia, algunos más a la tecnología, otros, simplemente, escribimos.

            Escribimos aquellos que hemos descubierto que no hay nada más eterno que las palabras. Escribimos aquellos que hemos descifrado códigos de la literatura en mensajes que no eran para nosotros y que sin embargo, los hayamos. Escribimos con la esperanza de ser inmortales en la inmortalidad de nuestras palabras.
            Así es, escribimos, y en cada dejo de poesía se nos va la esperanza de haber dicho algo que nos haga trascender más allá del tiempo y la distancia, más allá de las fronteras y las culturas, escribimos con la esperanza de burlar a la muerte y a nuestra propia mortalidad.

            No existe mayor ignorante que aquél que cree que puede destruir la palabra escrita y así destruir al ser que la concibió en un momento en que comulgó con el universo y éste se la susurró al oído para que si quería, la compartiera al mundo. No hay nada más bello que encontrar palabras para nombrar lo que por años había sido innombrable, palabras para decir lo que no se ha dicho, palabras para describir lo indescriptible.

            Lamentamos nuestra existencia en la medida en que nos descubrimos mortales e inútiles. Nos preocupa que no podamos dejar huella en el mundo porque somos conscientes de nuestra mortalidad pero también somos conscientes de nuestra capacidad de ser eternos. Y espero que se sobreentienda que lo uno no es igual que lo otro.

            Después de todo cuántos seres humanos han existido sobre la faz de la Tierra, y cuántos de ellos hoy en día son sólo número y cuántos siguen siendo nombre. Unos fueron mortales, otros se volvieron eternos. Y no hay otra forma más difícil de volverse eterno que la literatura. Porque así no hablemos el mismo idioma nos domina un mismo lenguaje, conocemos casi las mismas palabras pero la belleza de esto radica en el orden en el que las pronunciamos.

            Así pues, no es lo mismo la eternidad de un poeta a la eternidad de un científico, no es la misma eternidad de Bartleby a la eternidad de Silvio, y sobre todo, la eternidad de aquél abogado que se dejó atravesar por Bartleby, y para quien cambió totalmente su existencia, un hombre que a veces daba la impresión de no existir. Y al no existir, se volvió inmortal, y al morir, se volvió eterno.

            La vida es bella en cuanto la percibimos finita, se vuelve nítida cuando la descubrimos prestada. Se vuelve un reto cuando la rodeamos de la mortalidad. ¿Qué pasa con la substancia cuando se descubre agotable, no renovable? Nada, ninguna de sus moléculas cambia, porque la verdad es que jamás será consciente de su limitada existencia, entonces por qué el niño cambia cuando se enfrenta por primera vez a la muerte.

            Qué sucede con el ser humano cuando se da cuenta de su inminente partida, que lo hace dar traspiés y lo deja desarmado contra el día a día. Nada. No pasa absolutamente nada. Porque la verdad es que todo está en nuestra cabeza, y así como el personaje de un libro sabe que va a morir, pero no tiene idea que morirá en la página 144, así nosotros vivimos, sin saber a qué voluntad nos debemos y qué caprichos ha decidido escribir en nuestra novela.

            Sólo sabemos que somos mortales, y rogamos que nuestro autor sea en verdad, un literato eternamente recordado, porque sólo así seremos, eternamente infinitos.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Extraño...

Te extraño, extraño...
Hoy te extraño y me estás faltando.
Extraño tu caluroso abrazo protector, aunque nunca me has abrazado...
Extraño la calidez de tu mirada cuando me haces el amor, sin embargo, no conozco tus ojos...
Extraño tus manos quitando el cabello de mi rostro, mientras me recuesto en tu regazo una melancólica tarde, aunque nunca hemos estado en la misma habitación...
Extraño! Te extraño en mi vida aunque no sé si ya nos presentaron...
Estás faltando en este lugar en el que nunca has estado y ya te extraño.
Tus deliciosos besos que derriten el hielo que otros dejaron en mis labios son lo que más extraño... Aún cuando nunca me has besado..
Si extraño, te extraño, porque sé que un día estarás aquí llenando mis vacíos y dejándome complementar tu mundo. ...
Porque cierro los ojos y nos veo riéndonos como uno solo. Ya siento tu mano sujetando la mía el día del parto mientras grito y lloro de dolor porque cambiarán nuestras vidas por completo.
Ya extraño pelear contigo por mis tonterías y extraño el reconciliarnos..
Ya extraño a nuestros hijos y las fiestas que compartiremos con nuestras familias...
Extraño, aparécete pronto y pídeme que comparta mi vida contigo porque me muero porque tú compartas la tuya conmigo. Extraño sólo nos queda ser pacientes y esperar que llegue ese día y esa hora previamente agendadas para que tú y yo nos crucemos y nunca jamás volvamos a separarnos...

martes, 15 de noviembre de 2011

DEPRESIÓN, LIBROS Y LETRAS


Autosemblanza

Cualquier maestro de letras podrá estar cansado de escuchar sobre el amor a las letras que aseguran los alumnos o bien seguirá alegrándose al saber que aún existen los escritólicos. Adictos a escribir, a inventar, a crear, a contar. Y por ende estará de sobra decir que amo escribir, así que mejor nos brincamos esa parte.
 A mis 24 años de edad puedo decir que me he liberado de los trabajos esclavizantes de los que en general son víctimas los alumnos, que se ven en la necesidad de trabajar para continuar estudiando, actividad que realizan para continuar trabajando. Todo un embrollo. Sin embargo, cualquiera de mis compañeros maestros se reiría de mí, al escucharme decir que ser maestro no tiene nada de esclavizante ni tedioso. Pero asumiendo los riesgos, lo diré: amo mi trabajo como maestra de español de secundaria. Me encanta mi idioma y considero un privilegio poder enseñarlo.
Sobra decir que me reconozco novata en este arte, (sí, para mí es un arte esculpir las mentes de los adolescentes), y por consiguiente reconozco que dentro de algunos años, pocos o muchos, podría ser una víctima más del sistema educativo en México y odiar mi trabajo; pero mientras me guste, lo aprovecharé. No sé si sea vocación o producto de la misma depresión que padezco desde mi infancia, la que me ha motivado a ejercer tan ardua y, a veces, escalofriante tarea. Incluso podría creerse que mi mente retorcida, (amo reconocer esto de mí), habrá elegido esta labor a manera de suicidio, como escape lento y fatal a aquella realidad que por años me ha abrumado.
Mi baja autoestima, que como si fuera diabetes, me doy el lujo de decir, la tengo hoy en día controlada; la difícil  relación que tengo con mi madre, razón de muchos de mis dramas; la madurez inmadura a la que fui sometida de manera excesivamente rápida por ser la hija mayor; la reciente y lejana separación de mis padres; los conflictos religiosos de una religión impuesta por mi madre, luego desconocida por mi adolescencia y vuelta a imponer por mi propia juventud, que me llevó al convento y me sacó de ahí tan rápido como pudo. En fin, una serie seria de sucesos que han marcado mi vida de distintas maneras y que a veces me han hecho mirarme al espejo y no reconocerme.
¿Quién demonios eres? A veces me pregunto, al levantarme por las mañanas y descubrir una sonrisa en el rostro que a su vez llora sin saber exactamente por qué. Una sonrisa porque se es feliz yendo al trabajo pero lágrimas porque la depresión a veces ronda sólo porque sí. Ojos con fugas de diamantes líquidos que se reparan sólo en contadas ocasiones y sólo por cortos periodos de tiempo. Ojos que mienten tras las gafas pero que sin máscara te dicen todo sin consultarme primero.
Soy estudiante de letras, pero también soy maestra de letras llamadas Español. Aprendo y enseño; enseño y aprendo. Debo dar ejemplo a cuatro hermanas y mantener orgullosos a dos padres separados. A veces es mucha presión.  Busco minutos escondidos durante un día lleno de actividades (dar clases, tomar clases, dejar tareas, hacer tareas, revisar tareas) para no perderme de eso que ha sido mi medicamento durante años para mantener una falsa imagen de equilibrio mental: seguir leyendo y por favor, seguir escribiendo.
Tal vez nunca me publiquen, tal vez muera en el intento, tal vez nunca sepa con verdadera certeza si mis textos en realidad fueron buenos, pero al menos pido que nunca me quiten las hojas y el tintero. Cada noche sólo rezo: si me vas a dejar seguir viviendo mañana, deja que me siga embriagando con el olor a tinta y libro viejo.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

¿Por qué caen pianos del cielo?


“Existe el destino, la fatalidad y el azar; lo imprevisible y, por otro lado, lo que ya está determinado. Entonces como hay azar y como hay destino, filosofemos.”
Lucio Anneo Séneca (2 a.C. – 65 d.C.)

“Las cosas pasan por algo. Pinche algo, chinga tu madre”. En cierta ocasión leí esta frase en algún lugar y más que graciosa, me pareció acertada. A todos en alguna ocasión, tras una desventura, nos han abrumado con eso de “las cosas pasan por algo” y más de alguno hemos querido contestar de esa misma manera. Aún así no dejamos de preguntarnos ¿por qué caen pianos del cielo? ¿Por qué las cosas tienen que pasar por algo? ¿Por qué creemos en el destino?
No importa el país, la cultura o religión que practiquemos, nuestra vida sólo adquiere sentido cuando creemos que estamos aquí por algo, cuando creemos en algún ser superior como los dioses del Olimpo en los que creían los griegos, alguna fuerza que controla nuestras vidas, alguien que vela nuestros sueños.  Cada vez que la vida nos sorprende con situaciones inesperadas nos consolamos con la idea de que vendrá algo mejor o si somos creyentes, “porque Dios así lo quiso, y Él sabe por qué hace las cosas”.
¿Pero de verdad existe el destino?, es decir, no importa tal o cual decisión tomemos, ¿todo está escrito y ya nada puede cambiarse? ¿Qué hay entonces con el libre albedrio? A veces, he pensado que tal vez sólo tomamos decisiones sobre cosas insignificantes, y nos hacen creer que tenemos el control de nuestras vidas, pero no es así. De alguna manera, igual que en las tragedias griegas, nuestros pasos nos llevarán al mismo lugar sin importar la dirección que tomemos.
“Pero de aquel día y hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”, cómo es posible que incluso el fin del mundo esté agendado como cosa natural para el ser humano. Y si no es el fin del mundo, entonces debemos preocuparnos por nuestras vidas pasadas y más aún por las futuras, no olvidemos que existe el karma y que “todo se paga en esta vida”. No importa si una relación falla, simplemente porque no eran el uno para el otro. Y sin embargo a veces preferimos creer en el azar, y paradójicamente, en los azares del destino.
Vivimos en la constante búsqueda de nuestro destino, creemos firmemente que tenemos una misión que cumplir y nos levantamos día con día con la esperanza de descubrir cuál es esa misión. Necesitamos sentirnos importantes en un universo infinito en el que apenas si existimos. Vivimos del drama, o sentimos que no vivimos.  Si nuestra vida no está plagada de sinsabores y tragedias creemos que la fatalidad nos ha abandonado y que ya nada importa. Y convertimos esta desesperanza en nuestro nuevo drama y comenzamos de nuevo.
Recorremos las calles arriesgándonos a sufrir un accidente o encontrarnos con el amor de nuestra vida. Lo arriesgamos todo con la esperanza de perderlo y después levantarnos del fracaso como héroes de una tragedia griega. Amamos ser los protagonistas de nuestra propia tragedia y fingimos que controlamos nuestra vida a nuestro antojo, pero en cuanto las cosas se salen de control, recurrimos al destino para justificarnos. 
“Caminante son tus huellas, el camino y nada más; caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar.” Antonio Machado no creía en el destino, para él, nosotros trazamos nuestro propio camino, nuestras acciones definen nuestro futuro, y nunca se puede cambiar el pasado. Es sencillo, el hubiera no existe. Lo único que está escrito es lo que ya se hizo.
Por el contrario, no sé si Disney pensaba que sin importar lo que hagamos o los obstáculos con los que nos tropecemos, ya todo está determinado. Sin embargo esa idea es la que nos vende en su película “La cenicienta”, donde en una de las canciones dice literalmente “no importa quién borre el camino, marcado está el destino, y el sueño se realizará”. Y aún cuando no lo dijera, todas sus protagonistas están marcadas por la  misma historia: no importa cuán difícil sea la vida, siempre tendremos nuestro final feliz.
Vivimos en un mundo donde nos enseñan de diferentes maneras que la vida es nuestra pero que no está en nuestras manos decidir qué hacer con ella. Tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo pero no sobre nuestro destino. Podemos decidir qué estudiar pero nadie nos asegura qué terminaremos haciendo al final de nuestra vida. Decidimos a quien amar pero no podemos decidir quién nos ame. Podemos decidir no tener hijos pero llegarán de cualquier manera. Podemos decidir estar solos, pero nunca faltará quien nos robe nuestra soledad y además juegue con ella.
Podemos escoger a nuestros amigos pero ¿cómo sabemos que no fueron ellos los que nos escogieron a nosotros? Nadie escoge a su familia pero cómo seríamos si no hubiéramos sido parte de ella. Creemos que las cosas pasan porque existe un plan diseñado desde el principio del universo y sin embargo seguimos tomando decisiones. O decidimos no creer en el destino pero culpamos a Dios por las consecuencias de nuestras decisiones. Somos hipócritas y convenencieros. Creemos cuando nos beneficia y decidimos no creer cuando el destino nos muestra su lado oscuro.
El destino nos desconcierta, no lo entendemos y mucho menos lo conocemos; sin embargo nos preocupa y cuando bajamos la guardia se apodera de nuestras vidas. No importa cómo le llamemos: algo, karma, dios, destino, coincidencia. Creemos en él de una o de otra manera. Es nuestro consuelo, saber que el universo conspira en nuestra contra le da sentido a nuestras vidas, porque sin importar cuán solos nos sintamos, contamos con que el destino nos hará sentir más miserables y no dejará de recordarnos, que sin importar qué tan mal estén las cosas, siempre pueden estar peor. 

martes, 8 de noviembre de 2011

Pensándome..


I
Soy.
Lluvia de soles invernales en un lánguido paisaje,
Luna de flores menguantes dentro de un mar sin agua,
Avenida intransitada, semáforo sin rojo.
Caminos sinuosos, interjección inmotivada.
Grité, berreé, lloré, hablé, susurré mi nombre.
Lo escuchó. Se acercó.
Tristeza suya y mía, mala combinación.
Y sin embargo...
Trueque de sentimientos, negocio bien planeado.
Títeres de la repugnante existencia,
mayor conflicto que el de intereses monetarios.
Su verso rimó con el mío.
Mío era él, yo. Yo no soy de nadie.
Ni tuya ni suya ni siquiera de mi.


II
Conflicto religioso, tal vez soy de Él.
Y cómo saberlo si he sido del mundo.
Del mundo, de dioses piratas inmersos entre nosotros.
Me confunde. Te confundo.
Juntos para siempre pero siempre hasta cuándo.
Conflicto espiritual. Ellas, mujeres serenas, extrañas, amables, que Le reflejan, que Le anuncian, que Le contemplan.
Mujeres que están en el mundo sin ser del mundo.
Yo, yo Lo contemplo pero sigo siendo del mundo.
Ellas me confunden. Un día están y al siguiente ya no.
Él está todo el tiempo y me sigue, me vela, me espía, me susurra
y algo está cambiando.
Estuve ahí, intento fallido de dejar el mundo por Él;
estuve; pero mi corazón se dividió;
estuve, estaba, ¿Volveré a estar?
¿Lo sigo y te dejo?
¿Te sigo y lo sigo?
¿Puedo seguirlo quedándome contigo?
Ambos implican entrega
y ambos me han herido con su amor,
El dolor contigo lo conozco, con Él sólo lo intuyo.
Agonía de decisiones, camino bifurcado,
corazón demente que sabe a quién ama más,
corazón indecisamente seguro.
Cerebro estúpidamente racional.

III
Y sin notificación anticipada,
llega ella como visitante inoportuno.
Hace y deshace lo que quiere, porque quiere y cuando quiere...
Yo me limito a observarla. Algo está planeando; espero, creo, dudo.
Se lleva y desaparece sin desaparecer los signos más importantes de mi vida. Arranca páginas a mi bitácora y escribe nuevas líneas.
Como queriendo desaparecer lo que ya está escrito aunque sabe mejor que nadie que ya permanece en el mundo infinito.
Transcurren los momentos y todo es tenebroso, aunque en mis horas habitan seres luminosos prevalecen los del inframundo.
Y a veces se me ocurre buscarla en el espejo pero es inútil. No la veo. Por supuesto ella sí me ve a mi.

IV
Pero últimamente todo está cambiando,
El conejo blanco que mira el reloj es ahora completamente normal.
La mirada sociópata y el andar desgarbado ya son la cotidianidad.
Todo tiene sentido. Es verdad, ahora las odio y les he quitado lo divino.
Pero al fin y al cabo las excluí de mi vida y mi vida me excluyó de la suya.
Todo ha vuelto a la perfectamente chiflada normalidad. Yo soy yo sin ser yo misma y me parece terriblemente bien.
Qué importa que mis ojos vean la lluvia constante correr tras los cristales de mi alma mientras lo que vivan allá afuera no dejen de ver brillar al sol.
Qué importa! Que ruede el mundo y mi suelo haya dicho stop!
Prefiero la locura de mi cordura que la cordura de sus locuras...
Al fin y al cabo,
así
Soy.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Embriagándome con el olor a tinta y libro viejo


Autobiografíalectora


Sia cambio de mi amor a la lectura
vieraa mis pies los tronos del mundo,
rehusaríael cambio.
Fénelon

Mi madre aseguraque desde temprana edad mostré inquietud por la lectura; cuenta que cuandotenía apenas dos años me acerqué a hablar con ella, preocupada porque aúncuando sabía hacer muchas cosas, no sabía leer. Ella me tranquilizóasegurándome que cuando fuera al jardín de niños, me enseñarían a leer, pordesgracia el año en el que entré hubo alguna especie de reforma educativa y sedebía esperar hasta la educación primaria para iniciar el proceso delecto-aprendizaje.
Aún así hojeabalas revistas y libros que había en casa y que veía a mis padres leyendo, puessiendo la hija mayor, ellos eran mi único ejemplo. Al ingresar a la educaciónprimaria adquirí el gusto por la poesía y los cuentos, además de empezar a serfiel lectora, al igual que mis padres, de la revista Selecciones de Reader's Digest, y no me avergüenza decirlo,teníamos varios ejemplares en el cuarto de baño, donde pasábamos largos ratosleyendo.
Después fue tantami curiosidad por seguir leyendo, que sacaba las revistas del baño, revistaspor las que a veces mis papás se regresaban, para buscarlas, en ocasiones algoenojados por ésta pérdida de tiempo. Luego, volvían corriendo al baño, que amanera de carrilla familiar, hasta la fecha seguimos llamando"biblioteca".
Fue en lasecundaria cuando los artículos me parecieron muy cortos y empecé a buscar algomás que leer, encontré libros de poesía en casa de mis abuelos, recuerdo ligeramenteun libro de mi papá de Gustavo AdolfoBécquer, y recuerdo la primer novela que leí: Alrededor de la ciudad de Mary Higgins Clark.
Es una versióncondensada que Reader’s Digest presenta en volúmenes que contienen hasta cuatronovelas, y por alguna razón, cuando estando en casa de mi tía vi sus libros,ese fue el que más me llamó la atención, sólo recuerdo que en ese momento “unachica con personalidades múltiples” acaparó por completo mi atención y fue ahícuando me enamoré de las novelas.
Durante lasecundaria, aproximadamente en segundo año, inicié una lista con los títulos delos libros que iba leyendo, cuando llegué a tener cincuenta títulos me sentíaemocionada, porque sabía algo sobre las estadísticas de la lectura en México yme gustaba no ser parte de los no lectores. La última vez que anoté un títuloen ese diario, llevaba aproximadamente 150 títulos y eso fue hace ya bastantesaños.
Mi maestro deespañol del tercer grado de secundaria, nos animaba mucho a leer, escucharlodeclamar poesías clásicas como las de Sor Juana o leernos algo de El mío Cid,nos mantenía embelesadas, y era realmente la lectura porque el maestro no erani joven ni guapo. Y fue entonces cuando leer me parecía poco: comencé aescribir mi propia poesía y mi primera novela, la cual fue un éxito entre misamigas y compañeras del grupo.
Para seguirescribiendo no podía dejar de leer, necesitaba empaparme de las letras deotros, por desgracia fueron pocos los que me guiaron en mi camino por lalectura y he leído muy poca literatura mexicana, incluso latinoamericana. Losclásicos griegos me los pidieron como lectura obligatoria en la clase deHistoria, en esta misma etapa y ya sea por la materia o por la maestra, pero nolos disfruté. Apenas hoy empiezo a retomar esas lecturas con otra perspectiva ycreo que no habría podido leerlas con el mismo gusto en otras épocas de mi vidacomo lo hago ahora movida por la experiencia compartida de mis maestros.
La gran desventajaes que aunque mis padres tienen el buen hábito de la lectura, no son asiduoscompradores de libros, y la verdad es que los libros que hoy hay en mi casa,los he comprado yo, me los he ganado en concursos de lectura en voz alta o bienme los han regalado. Otros libros que he leído fueron prestados, electrónicosmuy pocos, y muchos de mi hermana, claro que comprados a su gusto.
No puedo definircon exactitud mis preferencias en autores o géneros, porque mis librosfavoritos no pertenecen ni al mismo autor ni al mismo género esto aunado alhecho de que los prefiero por distintas razones. Durante muchos años mi librofavorito fue una obra de teatro: Romeo yJulieta de William Shakespeare, creo que más que nada porque yo eraadolescente y me identificaba con lo romántico-trágico de la historia, o queríaidentificarme.
Luego pasarondiferentes libros por mis manos y así mismo iba cambiando de “libro favorito”,pero debo confesar que en los últimos años no ha habido libros que logrensustituir a mis tres favoritos: Elsecreto de Donna Tartt, Brida dePaulo Coelho y La Historiadora deElizabeth Kostova.
Tras la separaciónde mis padres, mi estilo de vida cambió, así como mi estado de ánimo, por loque en los últimos dos años he disminuido la cantidad de libros que solía leeren promedio por año, sin embargo al elegir la carrera de Letras, he logrado recuperar y superar mi antiguo ritmo de lectura, con tres o cuatro lecturas diferentes por semana, mi amor por la lectura se ha fortalecido y como consecuencia mi insaciable gusto por la escritura  ha regresado. Así que aquí me tienes, ensayando las letras...