“Un delfín no es
mortal,
porque no sabe que va a morir”
Gabriel Barrón
Nada
termina verdaderamente y nada inicia verdaderamente, la muerte y la eternidad son enigmas que nos rodean
y nos cautivan cual vuelo de colibrí, que en su rapidez se muestra
imperturbable. Así somos siervos de la muerte, esclavos de nuestra mortalidad y
al mismo tiempo la desafiamos y nos lanzamos a vivir la vida, aunque a veces no
sepamos, ni para qué vivimos.
Tenemos la dicha y la
desdicha de saber que somos mortales, porque como tales vivimos cuando
debiéramos vivir como todo lo contrario. Sin embargo dejamos que el miedo nos
congele a instantes y otras veces preferimos ignorarlo. Pero lo eterno, lo
eterno es lo que verdaderamente nos conmueve, la creencia de un final que nunca
llega, la certeza de un placer infinito, la posibilidad de burlar a la muerte.
Estamos en una búsqueda
constante de lo eterno, de hacer visible lo invisible, de decir lo que no se ha
dicho y que bien podría ser eternamente secreto. Para todo queremos
explicaciones y si no las desciframos nos volvemos locos, buscamos la eternidad
y encontramos maneras bizarras de volvernos eternos. Algunos tienen hijos,
otros hacen aportes a la ciencia, algunos más a la tecnología, otros, simplemente,
escribimos.
Escribimos aquellos que
hemos descubierto que no hay nada más eterno que las palabras. Escribimos
aquellos que hemos descifrado códigos de la literatura en mensajes que no eran
para nosotros y que sin embargo, los hayamos. Escribimos con la esperanza de
ser inmortales en la inmortalidad de nuestras palabras.
Así es, escribimos, y en
cada dejo de poesía se nos va la esperanza de haber dicho algo que nos haga
trascender más allá del tiempo y la distancia, más allá de las fronteras y las
culturas, escribimos con la esperanza de burlar a la muerte y a nuestra propia
mortalidad.
No existe mayor ignorante
que aquél que cree que puede destruir la palabra escrita y así destruir al ser
que la concibió en un momento en que comulgó con el universo y éste se la
susurró al oído para que si quería, la compartiera al mundo. No hay nada más
bello que encontrar palabras para nombrar lo que por años había sido
innombrable, palabras para decir lo que no se ha dicho, palabras para describir
lo indescriptible.
Lamentamos nuestra
existencia en la medida en que nos descubrimos mortales e inútiles. Nos
preocupa que no podamos dejar huella en el mundo porque somos conscientes de
nuestra mortalidad pero también somos conscientes de nuestra capacidad de ser eternos.
Y espero que se sobreentienda que lo uno no es igual que lo otro.
Después de todo cuántos
seres humanos han existido sobre la faz de la Tierra, y cuántos de ellos hoy en día son sólo número y cuántos siguen siendo nombre. Unos fueron mortales, otros
se volvieron eternos. Y no hay otra forma más difícil de volverse eterno que la
literatura. Porque así no hablemos el mismo idioma nos domina un mismo
lenguaje, conocemos casi las mismas palabras pero la belleza de esto radica en
el orden en el que las pronunciamos.
Así pues, no es lo mismo
la eternidad de un poeta a la eternidad de un científico, no es la misma
eternidad de Bartleby a la eternidad
de Silvio, y sobre todo, la eternidad
de aquél abogado que se dejó atravesar por Bartleby,
y para quien cambió totalmente su existencia, un hombre que a veces daba la
impresión de no existir. Y al no existir, se volvió inmortal, y al morir, se
volvió eterno.
La vida es bella en cuanto
la percibimos finita, se vuelve nítida cuando la descubrimos prestada. Se
vuelve un reto cuando la rodeamos de la mortalidad. ¿Qué pasa con la substancia
cuando se descubre agotable, no renovable? Nada, ninguna de sus moléculas cambia,
porque la verdad es que jamás será consciente de su limitada existencia,
entonces por qué el niño cambia cuando se enfrenta por primera vez a la muerte.
Qué sucede con el ser
humano cuando se da cuenta de su inminente partida, que lo hace dar traspiés y
lo deja desarmado contra el día a día. Nada. No pasa absolutamente nada. Porque
la verdad es que todo está en nuestra cabeza, y así como el personaje de un
libro sabe que va a morir, pero no tiene idea que morirá en la página 144, así
nosotros vivimos, sin saber a qué voluntad nos debemos y qué caprichos ha
decidido escribir en nuestra novela.
Sólo sabemos que somos
mortales, y rogamos que nuestro autor sea en verdad, un literato eternamente
recordado, porque sólo así seremos, eternamente infinitos.

