domingo, 6 de mayo de 2012

Reflexiones de una enferma mental...


Cada vez me cuesta más trabajo ponerme la máscara, creo que ya está agrietada en algunas partes y la gente empieza a notar mi sonrisa falsa.

Pero ¿quiénes son ellos para juzgarme? Todos usamos la máscara y a los que no la usan los encierran en el Manicomio, porque según dicen, están locos.

Hay máscaras de todos tipos y para todas las ocasiones y el truco está en sabérsela quitar cuando uno está solo, para imitar ese resolladero de la olla de presión. Porque sino, uno corre el riesgo de explotar, con lo que la máscara saldría volando y una vez que a uno lo han visto sin la máscara, es imposible que lo vuelvan a ver igual.

Lo más conveniente en estos casos es tomar sus cosas e irse a vivir a otra ciudad y de ser posible a otro país, por supuesto, debe uno llegar al nuevo hogar con la máscara puesta y tratar de dejar lo ocurrido en el pasado.

Pero mi máscara ya no está en buenas condiciones, creo que los cambios que le he hecho durante mi vida han repercutido en su estado. La sonrisa ya no se ve natural, se nota forzada, la lágrimas han reblandecido el cascarón desde adentro y el sol ha causado sus propios estragos.

Por eso he decidido ir a la clínica de salud mental, con la esperanza de que me ayuden a restaurar mi máscara, aunque con miedo de que ya no tenga remedio y me quieran internar de por vida.

Y si me internan, ¿Que qué voy a hacer? Pues nada, después de todo estoy acostumbrada al encierro, y vivir encerrada en un Hospital Psiquiátrico no creo que sea peor que vivir encerrada entre las murallas de mis locos y psicóticos pensamientos...

Drew Cabral (R)

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