martes, 27 de agosto de 2013

Odracir, nada pasó.

“A cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear.”
Marcel Proust (1871-1922) Escritor francés.

Si fueras capaz de leerme, de escribirme o de pensarme, me vivirías como quiero que te vivas, me recorrerías, como quiero recorrerte y tu piel se fundiría esta misma noche con las sábanas que cubren mi colchón.
El perfil que las sombras me dibujan de tu rostro, cuando el silencio de las noches te sofoca, me provoca un vértigo  que me hace imaginar caricias peligrosas y escenas, escandalosamente silenciosas. 
Si leyeras mi mente y entendieras mis sonrisas, explotaríamos en un volcán de besos clandestinos, besos sin reservas besos que no generen compromisos.
Desataríamos nuestra propia tormenta  por la noche, arrojando las sábanas al piso y nadie sería capaz de distinguir tu silueta de la mía, mi cuerpo del tuyo, mi aliento respiraría de tu aliento y tu sudor se volvería mío.
Y al despertar, al despertar tal vez amanezca entre tus brazos y tú entre los míos pero al abandonar esta cama, al tocar mis pies el suelo, nuestro holocausto sería un eslabón perdido, un sueño de una noche de verano, un recuerdo vagamente infinito y al verte a los ojos de nuevo, a la luz de un nuevo sol, sólo diríamos –Buenos días- y sabríamos que anoche nada pasó.



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