miércoles, 3 de agosto de 2016

El desierto de las letras

1092012
“Manejar el silencio es más difícil
que manejar la palabra”
Georges Clemenceau
“La carta de Lord Chandos”, me recuerda a una época de sequía que experimenté hace ya algún tiempo. Una etapa en la que me recuerdo “muda”. Muda y seca, porque algo tan natural en mi como lo es respirar me abandonó completamente: la capacidad de escribir.
Fue una época en que las palabras se pusieron en huelga y me cerraron la puerta a su sabiduría. Las voces que solía escuchar en mi cabeza se silenciaron. La mano tomaba tintero y pluma retándome a escribir cualquier cosa, pero nada brotaba.
Lo comparo con esos momentos de desierto que suele haber en mi búsqueda espiritual. Ese “sentir bonito” y la paz interior que suele predominar cuando me siento cercana a Dios, se toman sus vacaciones y no me queda más remedio que tener fe. Así mismo me sucedió con las letras. De pronto me vi inexperta en sus significados y en los misterios que esconden cuando las ordenas desordenadamente.
Supongo que cualquier escritor, poeta y siervo de la literatura tiene momentos así. El desierto de las letras se nos presenta al menos una vez en la vida a aquellos que hemos decidido ser libres encadenándonos a las palabras que otros inventaron.
Nos quedamos mudos en algún momento de la vida nuestra y nos sentimos muertos en vida. No se valora igual el don de la escritura hasta que se ha pasado por un desierto y un silencio impenetrable como es el quedarse mudo ante un lienzo blanco.
Pero si uno logra recuperarse de ese estado, se da cuenta que cuando vuelve a escribir, sus letras han cambiado. Pareciera que el desierto de las letras se presentara para depurar las ideas que asfixian nuestros pensamientos para dar paso a un desfile mucho más sofisticado y sublime de lo que se habla y por supuesto, de lo que se escribe.
Demos paso al silencio cuando sea que se presente, pues al forzar la escritura en su momento de desierto, muchos grandes se hicieron pequeños.

El desierto crece

13112012
“El silencio es el elemento en el que
se forman todas las cosas grandes.”
Thomas Carlyle 

Toda mi vida la he pasado en un barullo constante, no existe día en que mil pensamientos no me aturdan durante pequeños lapsos de tiempo, y muchas veces, la única salida a esta presión de ideas en mi cerebro, ha sido la escritura. Las letras han sido mis aliadas incluso cuando las lágrimas me han dejado ciega y me imposibilitan escribir, pues basta un pañuelo para esclarecer mi vista y seguir llorando desde mi tintero. Sin embargo, muchas veces, cuando releo viejos textos, me cuesta trabajo creer que fui yo la autora de semejantes letras, no me reconozco en las ideas plasmadas, porque para bien o para mal, no siempre soy la misma.
El problema es que la bipolaridad de mis sentimientos a veces da mucho para escribir pero a veces no da nada. A veces es tanto que inicio escribiendo sobre una cosa y termino escribiendo sobre algo totalmente distinto. A veces me piden un ensayo y termino escribiendo una confesión. ¿Qué puedo hacer? Las letras no salen cual chorro de agua al abrir una llave, a veces las hay en abundancia, pero otras veces experimento sequías que me meten en problemas, sobre todo cuando de hacer tareas se trata, mi desequilibrada mente no está a mis órdenes como yo quisiera, a veces despierto en medio de un desierto que me mantiene ajena al mundo, no hablo con mis hermanas, no hablo con mis padres, no hablo ni siquiera con mis amigos, pero el problema es realmente cuando no puedo hablar en clase.
Una vez dijo un compañero, que había elegido estudiar letras porque escribe mejor de lo que habla, yo debo admitir que escribo mucho pero la verdad es que casi no encuentro palabras para decir todo lo que pienso en voz alta. Es como si las letras dispuestas en una hoja me permitieran seguir en silencio, aún cuando alguien más las lea no serán necesariamente pronunciadas en voz alta, y eso, de alguna extraña manera, me mantiene a salvo, cuando estoy escribiendo. Mi irrazonable mente cree que lo escrito se puede conservar en silencio. Secreto, oculto, además de posibilitar el perfeccionamiento de lo que se dice mientras que una palabra pronunciada en voz alta jamás será borrada del alma del mundo.
Sin embargo, pasa el tiempo y no dejo de notar como el desierto crece. El silencio me es preferible a decir cualquier cosa desatinada o falta de certeza. Llevo semanas, atada al silencio porque mi cerebro empieza a funcionar de una manera que desconozco, algunos dirían “normal” yo empiezo a dudarlo. Después de todo, ¿qué es lo normal? Mi normalidad es ese desierto que me inspira a escribir sobre la arena, aunque lleguen tormentas que se lleven mis letras lejos y muchas veces las desaparezcan. Mi normalidad es sentirme sola y triste y reflexionar sobre la ironía de vivir estando muerta o morir sin estar viva.
Que las palabras nunca serán suficientes para explicar esta paradoja que a menudo me hace ver más claras las cosas, aun cuando a otros solamente los confunde. Escribo bien o mal, ¿quién puede decirlo? El ser humano ha inventado toda clase de aparatos pero nadie ha creado un aparato que califique con alguna escala extraña, aquello que se ha dicho, para asegurar que se dijo lo que se pensó decir desde un principio. Hay desiertos que matan, ahogan y por los que te pierdes, pero también hay desiertos de los que corren ríos de letras que en paisajes más verdes jamás encontraríamos. La vida no es un simple blanco y negro, bueno  o malo y mi desierto no me parece un obstáculo si no más bien una necesidad para mi ser que escribiendo a veces muere y muriendo a veces escribe.
Aún así, imposible negar que siento una terrible ansiedad cuando me siento frente a una hoja, bolígrafo en mano y la impotencia de escribir se apodera de mi. Más cuando estos lapsos son cada vez más frecuentes y más prolongados. Es como si mi conciencia aceptara que no existen las palabras que expresen todo mi ser, como si luchara contra resignarse a usar palabras ajenas con dueños ya dormidos.
Cómo adueñarse del discurso que se proclama cuando se sabe usurpador de las palabras, cómo acusar de plagio al enemigo cuando las letras se saben sin dueños desde hace siglos; cómo me enorgullezco de mis letras si sé que mi idioma en realidad no es mío, si soy esclava de signos que no me explico y aun cuando me atreviera a crear un nuevo lenguaje y una variedad de signos, mis palabras serían nada, mis textos quedarían ocultos, mis labios estarían encadenados a un capricho que con nada justifico.
Después de todo qué son las letras si no hay otro que les de vida, qué son las letras sin un lector ávido de pronunciarlas en sus recovecos, qué son un sinfín  de cuadernos, hojas, notas con líneas interminables de un ser que se derrite en ellas, no son más que un desierto donde el escritor se pierde, un desierto que sirve de refugio y de celda al escritor condenado y privilegiado, no son otra cosa que un desierto que crece.

Viaje sin destino

13112012
“Los viajes son los viajeros.
Lo que vemos no es lo que vemos,
sino lo que somos.”
Fernando Pessoa

¿La vida es un viaje o un paseo? Cada cual ve la vida de diferente manera y la vive de acuerdo a sus ideales. Para algunos es un importante viaje donde debemos tener un destino y todo debe tener una razón de ser. Cada paso está planeado y fríamente calculado; los tropiezos son inconcebibles y la improvisación está fuera de lugar.
Sin embargo ¿qué clase de vida sería esa? La vida debería ser considerada un paseo. Recordar que estamos de paso, que sólo tendremos una oportunidad de dejar huella en el mundo y asegurarnos de hacerlo memorablemente. Nada nos costaría recordar que al igual que en el paseo habrá momentos en los que el paisaje será excelente y digno de admirar, pero otras veces lo digno de contemplar será nuestra vida misma. Introspección.
Dicen que los jóvenes nos aislamos del mundo detrás de un aparato electrónico o unos audífonos. Si supieran que muchas veces no escuchamos la canción o no vemos realmente la película. Que nos perdemos en nuestros propios pensamientos y que vemos la vida con tal profundidad que a veces cuesta no ponerse a llorar a medio camino.
Hace mucho que la vida dejó de ser nacer, crecer, casarse, reproducirse y morir. Dicen que ya no nos tomamos la vida en serio pero creo que es todo lo contrario. Nos la tomamos tan en serio que sin pensar en lo que hacemos pensamos demasiado.


Vivir sin arrepentimientos no es vivir. Tenemos que equivocarnos y aceptar que existen muchas cosas de las que nos arrepentimos. Considero más sabio a quien admite que hubiera preferido no hacer esto o aquello que a quien hipócritamente dice no arrepentirse de nada. Aceptar que ya no podemos dar la vuelta atrás es amigo del arrepentimiento. Por qué no admitir que a veces quisiéramos crecer otra vez, hacer un par de cosas diferentes.
Me acepto en la medida de que soy capaz de aceptar que me equivoqué varias veces. Si realmente no nos arrepintiéramos de nada cometeríamos los mismos errores una y otra vez, la prueba de que nos arrepentimos es precisamente ese pisar más cuidadoso para no caer en el mismo hoyo.
Paseamos, al menos yo paseo, siempre me resulta incómodo y martirizante cuando la gente me pregunta qué voy a hacer cuando termina la carrera, nunca me ha importado que me pregunten qué estudio, pero qué molestia es responder sobre el futuro. Estoy de paseo, a veces observo el paisaje, tomo notas, veo dentro de mi y cuando me estoy asustando veo de nuevo afuera.
La vida no son un altero de cuadernos guardados en varios rincones de la casa, diarios, bitácoras, historias a medias y medias historias. Reflexiones, pensamientos, palabras, hojas blancas con sólo la fecha en una esquina, porque a veces hay tanto que decir que se sabe de antemano que nada de lo que se escriba será suficiente. La vida no son las cicatrices, físicas y espirituales, no son los tropiezos ni las caídas.
La vida es un instante, el instante de ahora que se esfuma mientras escribo. La vida es un largo paseo por calles que no conocemos y con gente que jamás habíamos visto. Es caminar sin destino pero nos convencemos que vamos de viaje y queremos tener todo preparado, aunque al final nada pueda prevenirse.


Qué manía por controlar todo cuando  nada es controlable. Hacer planes sólo trae frustraciones, porque si somos honestos, nada resulta como lo planeamos, dice un dicho mexicano que si quieres hacer reír a Dios, le cuentes tus planes y creo que no está muy alejado de la realidad.
Al final lo único que queda es la poesía, ese rompecabezas de palabras donde escondemos nuestro ser a la vez que lo exponemos, esa suerte de palabras entretejidas que de lejos forman una imagen y de cerca muestran un montón de cicatrices que tratamos de maquillar. Poesía es dejar las heridas abiertas y de vez en cuando echarles sal sólo para recordar que siguen ahí.
La poesía es capaz de congelar el tiempo y a la vez viajar a través de él. Es la única capaz de hacer que perduremos y nos eternicemos. Es la única amiga que se queda en tiempos de alegría, de ira de tristeza o simple melancolía. Cuando la familia se va, cuando los amigos se esfuman, cuando Dios se marcha, solo nos queda la poesía, sólo nos queda esa antiquísima amiga, una hoja blanca y un tintero. Para escribir sobre la experiencia de viajar aún cuando no sabemos el destino.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Reflexiones de una enferma mental



" Mi normalidad es sentirme sola y triste 
y reflexionar sobre la ironía de vivir estando muerta 
o morir sin estar viva."
Drew Cabral

Hacía más de un año que no visitaba a mi terapeuta, hacía más de un año que no me tomaba mis medicamentos y todo marchaba extrañamente bien. Sin embargo me sentía lejana, me sentía diferente, me sentía otra, me sentía extraña.  Ya no escribía, sólo de vez en cuando en mi diario pero eso no bastaba, ya no podía decirme a mí misma escritólica ni sabía cómo es que había escrito tantas cosas años atrás. 

No me había dado cuenta en el zombie en el que me había convertido hasta que lo volví a ver. Alguien de quien no he hablado en ninguna de mis reflexiones anteriores, un amigo que estuvo presente en una de las crisis más importantes de mi vida o de mi demencia, él, a quien vi sufrir verdaderamente la primera vez que casi le pongo fin a mi existencia. A él, está dedicada esta reflexión.

Han pasado apenas cuatro días desde que te vi y has puesto mi mundo de cabeza, me hiciste volver a lugares de mi mente que creí que ya no existían, lugares de mi conciencia que había mantenido a raya, pero no te preocupes, no es para nada lo que podrías estarte imaginando, me refiero, a que me devolviste a aquel lugar en mi trastornada personalidad en que mi dolor es convertido en letras, ese espacio fuera de esta realidad en la que soy capaz de escribir para llorar lágrimas de tinta en lugar de sólo retenerlas hasta que la gente se da la vuelta. 

Aunque mi mente ya no se pasa el día planeando la mejor manera de abandonar el mundo antes de la fecha por Dios prevista, aunque ya no he vuelto a cortarme ni a tomar pastillas como si fueran caramelos, aunque ya no lloro desesperadamente todos los días en la regadera para que nadie se dé cuenta, aún siento dudas, tristeza, melancolía, cansancio espiritual y hasta he sentido que he perdido la fe en el amor. Sí, aún soy dramáticamente exagerada. Pero el problema era que ya ni siquiera usaba esa pésima forma de ver las cosas para hacer lo que me apasionaba cuando nos conocimos: escribir.

Tal vez este texto no tiene ni pies ni cabeza, tal vez creo estar diciendo muchas cosas y en realidad no he dicho nada. Perdóname. Estoy oxidada. Pero aquí estoy, intentándolo de nuevo y con un río de ideas en mi cabeza, con historias de amor que escribir, con poesía y ensayos, con nuevas preguntas, con el deseo de volver a pensar, con el deseo de recuperar lo mejor de mí que perdí cuando comencé a caer, cuando comencé a reír, comencé a rezar y a creer.

El hospital psiquiátrico quedó atrás, no estuviste cuando sucedió todo eso, me alegro, pues no hubiera soportado ver de nuevo tu mirada desconcertada y el dolor en tu rostro al verme derrotada. No hubiera soportado que me vieras cuando decidí dejar de pelear y quise entregarme a la muerte. Me alegra que hasta hoy nos hemos reencontrado para que vieras a la mujer que soy, un tanto robótica pero estable, y que además me hayas dado esta rara sensación de familiaridad que me hace querer ser las cosas que era y que valorabas de mí hace 10 años, dejando a un lado las malas rachas, volver a ser la escritora, la consejera, la amiga que fui alguna vez, viniste a aceitar esta oxidada mente que se había acostumbrado a dejar que otros pensaran por ella.

Creo que no lograré decirte ni con todas las letras del mundo, que te agradezco porque me has devuelto a la vida, pues hasta ahora, sólo había estado sobreviviendo, ahora deseo de nuevo, ahora escribo de nuevo, ahora sonrío de nuevo con solo pensar en ti.

Me has devuelto a mi normalidad.



-Y ¿qué normalidad es esa?- pregunta mi terapeuta
-Cuando dejé de desear morirme, también dejé de hacer muchas cosas de las que me enorgullecía de mi misma, y aunque no lo había admitido, me avergüenzo un poco de la persona en la que me he convertido.
-Pero si eres la perfección andando- contestó un tanto sarcástico, no era ateo pero tampoco era católico y después de tantas sesiones juntos había aprendido que no le parecía la forma en la que había abrazado mi religión.
-No es necesario que te burles de mi.
-No me burlo, eres tú la que dejó de venir a sesiones porque ya estaba bien su vida, si mal no recuerdo dijiste: ahora ya no tengo más pensamientos suicidas, voy a misa varias veces por semana, no necesito con quien platicar porque en mi oración me dejo guiar por el Espíritu Santo, me confieso y comulgo, ya no le hablo mal a las personas, trato de ayudar siempre que puedo sin esperar nada a cambio, y otro montón de cosas, tú te diste el alta, no yo.
No supe qué decir, era mi letanía de todos los días, las razones que me daba a mi misma diariamente para convencerme de que ahora estaba mejor que nunca, y  tal vez algunas cosas estaban mejor pero no todo y eso me pesaba. 
-Además, ¿por qué dices que regresaste a tu normalidad? ¿no dices que lo acabas de ver el fin de semana? ¿cómo pudo cambiar tu vida en estos días?
-Cuando mi ex se fue, sólo pensaba en cómo sobrevivir día a día, cómo llenar los huecos, con tal de no sentir el vacío que dejó comencé a llenar mi vida de actividades, aun cuando no me convencieran del todo, aun cuando me causaran otro tipo de vacíos, estaba viviendo día a día, pensando "hoy puedo sobrevivir sin él", hoy, hoy, hoy.  Ya no escribía porque no me apetecía pensar en nadie más, sólo quería aprender a vivir sin él. Cuando me encontré con E el sábado, después de platicar muchas horas, me dí cuenta que me avergonzaba la mujer a la que había venido a ver, a la mujer a la que había encontrado, pero en lugar de pensar en algo igualmente tonto como: voy a tratar de ser la mujer a la que él aprendió a querer, o la mujer de la que él se pueda sentir orgulloso, pensé, voy a recuperar a la mujer de la que yo me sentía orgullosa, alguien de quien no me avergüence, reconociendo lo que ya hago bien y corrigiendo lo que hago mal, lo que hago por inercia, lo que no me hace sentirme viva.

-Y ¿piensas retomar la terapia?, ¿o sólo viniste a saludar?
-Quiero retomar la terapia, pero no quiero volver a tomar medicamentos, me atrofiaron el cerebro, cuando los tomaba fue cuando ya no pude volver a escribir, y estos días después de verlo, he tenido más ideas de las que mi mano torpe alcanza a escribir. Terapia, sin medicación o no regreso.
-Sabes que el Trastorno Limite de Personalidad no se cura y que el medicamento que tomabas era sólo para ayudar a minimizar los síntomas secundarios de este trastorno. Si vas a volver a terapia deberías tratarte como se debe.
-Sin medicamento, no es negociable.
-Podemos intentarlo, después de todo llevas más de un año sin seguir el tratamiento y dices que no has vuelto tener una crisis suicida ¿no?
-Ninguna, es extraño, no me termino de acostumbrar, creí que me sentiría así toda mi vida.
-Y ya no sientes ganas de morir
-Ya no sentía ganas de nada, sólo quería llevar una vida tranquila y esperar a que Dios me llamara.
-Eso sólo me parece una forma pasiva de querer morirse
-Lo sé, pero E me recordó quién era, no cómo me sentía, sino quién era, qué cosas hacía, qué cosas era capaz de hacer antes de mi relación con Dios y con mi ex, de mi capacidad de amar y de enamorarme, no sé si vuelva a encontrar a alguien con quien desee pasar el resto de mi vida, pero sí quiero volver a enamorarme y escribir poesía, historias, canciones, quiero volver a emocionarme porque alguien me llama, me busca, me abraza, quiero volver a imaginar historias y plasmarlas en hojas blancas impacientes por ser usadas, quiero volver a VIVIR.
-Me alegro, espero poder conocer un día al hombre que ha provocado esto. Porque francamente creí que terminarías encerrada de nuevo.
-¿En el psiquiátrico?
-No, peor aún, en un convento.

Drew Cabral




sábado, 5 de octubre de 2013

Reflexiones de una enferma mental

LÍMITES 

Anoche volví al hospital psiquiátrico porque ataqué a un hombre. No puedo describir lo que hice porque la verdad no lo recuerdo. Lo único que recuerdo es que mis manos estaban llenas de sangre cuando desperté en mi cama. Se suponía que llevaba un excelente avance, mi terapeuta estaba orgulloso del progreso que había mostrado. Tenía un pequeño trabajo de secretaria y la trabajadora social no dejaba de admirar lo que había hecho en mi departamento. Un lugar pequeño pero acogedor. Incluso me había felicitado. 

Pero algo sucedió, no recuerdo qué. Mi mente está bloqueada, tengo una enorme laguna mental, un hoyo negro en mi cabeza. No sé qué sucedió. Sólo sé que mis manos estaban manchadas de sangre que no era mía cuando desperté en mi cama. 

Sé que he procurado guardar todos esos sentimientos negativos hacia los malos tratos de la gente, ese rencor hacia los que se pasan de listos conmigo pero no dejo de tomar mi medicamento y hace seis meses que no falto a ninguna de mis terapias. Sin embargo, mis manos estaban llenas de sangre que no era la mía y la ropa que llevaba un día antes estaba empapada en sangre cuando me levanté de mi cama. 

La vecina llamó a la policía y ellos a su vez llegaron con ambulancias. Tuvieron que despertar a mi terapeuta y él se encargó de que yo no pisara la cárcel ni un minuto. 

Cuando salí de casa escoltada por los guardias del hospital, vi escrito sobre la pared de mi fachada la palabra LÍMITES. En mayúsculas y con sangre. Aún no sé qué sucedió o por qué desperté con las manos  llenas de sangre en mi cama. 

(R) Drew Cabral

viernes, 20 de septiembre de 2013

Aniversario de mi vida nueva...

Hace tres años, el 20 de septiembre del 2010, mi vida cambió para siempre. 
Me preparaba para una entrevista de trabajo, hacía una semana que había abandonado el convento y no tenía nada. Había vendido mis cosas, renunciado a mi amado trabajo en el Seminario de Guadalajara, y las últimas clases que había tomado eran las del Interreligioso. Mi hermana me había conseguido una entrevista en su trabajo y yo estaba en ello cuando me llamaron del Colegio Felícitas de la Cruz, era la hermana Lupita, para decirme que se habían quedado sin maestro de español y que necesitaban quien cubriera ese mismo día uno de los grupos. 
Me comunicó con la directora de la secundaria, quien a su vez me medio entrevistó por teléfono y me propuso ir por dos semanas de prueba para la materia con tres grupos, los dos 3° y un 2° grado. Y como pude salí disparada porque la clase comenzaba a las 12:10 y ya eran las 11. 
Llegué un par de minutos tarde, la madre Directora me recibió con la lista de asistencia y los libros de texto. Me acompañó a un salón que estaba casi al final del pasillo de la planta alta y me presentó. Dos minutos después de regañarlos y advertirlos me dejó sola. Me miraban alrededor de 35 alumnos, en aquel momento yo no sabía que además de la reputación de la escuela de recibir a los casos perdidos, chicos expulsados de otras escuelas, etc. (Los mismos sacerdotes del seminario dijeron  -pobre Andrea- cuando supieron que ahora trabajaba allí) yo me encontraba frente al grupo más numeroso y con la peor conducta del colegio. Por favor queridos alumnos de 3°B, no se ofendan pero es la verdad. 
Algunos quisieron aplicar la de -hay que presentarnos- pero yo, con la mayor calma que pude porque la verdad me moría de nervios, les dije que ya bastante tiempo habían perdido cambiando de maestros (yo era la tercera maestra de español en lo que iba del año y eso que apenas llevaban un mes de clases) y que además no me iba a aprender sus nombres ese mismo día por lo que no tenía caso la presentación. En cambio les pedí que escribieran sobre ellos mismos para revisar su ortografía y redacción y luego... Ya no recuerdo. Sólo sé que cuando sonó el timbre de salida sentí un gran alivio. 
Podría detenerme y hacer un recuento de todas mis memorias de ese año, pero temo que si lo escribo me de cuenta de algunas lagunas mentales y que tal vez idealicé algunos momentos. Por esto, prefiero centrarme en lo bueno que guardo de ese año de mi vida en mi corazón ( la verdad es el hipocampo pero dejémoslo así de cursi). 

Ese año trabajé con gente extraordinaria a la que siempre recuerdo con gran cariño. El maestro Juan, quien era director-coordinador-prefecto-secretario-y-todo-lo-que-se-necesite-aunque-el-sueldo-no-lo-justifique del colegio, quien me enseñó mucho durante mi paso por ahí, sobre la vocación de ser maestro, sobre ser padres sustitutos, sobre las recompensas de dar todo en el aula (y no hablo del sobre con $100 pesos por el día del maestro por parte de la escuela). Aún agradezco las groserías que propinó cuando le dije que me habían corrido. Supe de esa manera que siempre contaría con su apoyo. 
Conocí también a dos excelentes maestras: Luci y Paty, quienes me incluían en sus amenas charlas durante los recreos en la sala de maestros. Me conmovieron con sus pláticas, compartieron su dolor y alegrías conmigo y me hicieron sentir parte del equipo de maestros. Gracias maestra Luci por recibirme en tu casa cuando nos fuimos a celebrar el receso escolar. Gracias maestra Paty por ayudarme con las planeaciones y tantas cosas que resultaron a lo largo del año. Gracias por creer que yo era la persona indicada para quedarme con todos los grupos de español cuando pudiste volar más alto. Eso me dio confianza en mi misma. 
Al teniente, el maestro Francisco, el maestro Agustín, la maestra Mony, la maestra Alejandra y el maestro Rigo, los fui conociendo poco a poco y aprendí de ellos siempre que los escuchaba. De algunos sobre la
Docencia, de otros sobre el carácter, a veces sobre la paciencia y siempre sobre la amistad y apoyo cuando se trabaja juntos. 
 La maestra Lupita estará grabada eternamente en mi memoria, por la intensidad con la que vivía la vida. El amor a los alumnos, la indignación cuando las madres eran injustas, la decepción cuando alguien le fallaba. Su carácter fuerte y dulce, sus lágrimas que me conmovían cada vez y todas las veces. Sus consejos y el modo en el que me llamaba "Andreita".  El maestro Felipe y su jovial desempeño, sus pláticas en la sala de maestros cuando ambos teníamos horas libres. La indignación de todos sus alumnos cuando supieron la forma en la que había salido del colegio. Lo extrañaron desde el primer instante y aún guardo unas cartas que le escribieron sus alumnos, las cuales nunca pude entregar. 
Aprendí mucho en ese año, sobre la vida, sobre la docencia, sobre la injusticia y sobre mí misma. Descubrí mi verdadera vocación pero no gracias a las religiosas, sino gracias a mis colegas y alumnos. 
Amé cada instante que pasé frente a los grupos. Lloré porque cuando se ama de verdad también se sufre. Nunca olvidaré a los alumnos de esa generación. A Priscila la recuerdo con mucho aprecio porque hubo amistad más allá de las paredes del colegio. Me sentí honrada cuando me invitó a su fiesta de XV años y recuerdo bonitos momentos de aquella noche, así como de los días en la unidad y los momentos en su casa y en el negocio de sus padres. Gracias por tu cariño sincero e incondicional. Gracias a todos mis alumnos y el cariño que me mostraron, gracias por sus palabras y sus cartas. Gracias por enseñarme a ser mejor maestra. Gracias por su confianza y sobre todo gracias por ser parte de una etapa tan importante en mi vida. 
No concibo la idea de no volverlos a ver y espero que pueda ser pronto. Quiero saber de ustedes, qué han hecho, dónde están ahora.  
Gracias a todos, maestros, alumnos e incluso padres de familia, por sus muestras de apoyo cuando tuve que despedirme de ustedes. Las protestas, las lágrimas, los mensajes en el pizarrón, los inbox que decían: la extrañamos maestra...
Gracias por tanto amor y por tantos buenos recuerdos, la Fil, el balneario, la graduación. Los festivales, los recreos, los proyectos en clase. Los reclamos y los agradecimientos, las 4 horas planeando los horarios que nunca pudimos cumplir. Los festejos y las pláticas en sala de maestros. Gracias a todos por sus consejos. No los olvido. 
Han pasado apenas tres largos años pero no escribí nada de esto antes por una sencilla razón: era para hoy. 

martes, 27 de agosto de 2013

Odracir, nada pasó.

“A cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear.”
Marcel Proust (1871-1922) Escritor francés.

Si fueras capaz de leerme, de escribirme o de pensarme, me vivirías como quiero que te vivas, me recorrerías, como quiero recorrerte y tu piel se fundiría esta misma noche con las sábanas que cubren mi colchón.
El perfil que las sombras me dibujan de tu rostro, cuando el silencio de las noches te sofoca, me provoca un vértigo  que me hace imaginar caricias peligrosas y escenas, escandalosamente silenciosas. 
Si leyeras mi mente y entendieras mis sonrisas, explotaríamos en un volcán de besos clandestinos, besos sin reservas besos que no generen compromisos.
Desataríamos nuestra propia tormenta  por la noche, arrojando las sábanas al piso y nadie sería capaz de distinguir tu silueta de la mía, mi cuerpo del tuyo, mi aliento respiraría de tu aliento y tu sudor se volvería mío.
Y al despertar, al despertar tal vez amanezca entre tus brazos y tú entre los míos pero al abandonar esta cama, al tocar mis pies el suelo, nuestro holocausto sería un eslabón perdido, un sueño de una noche de verano, un recuerdo vagamente infinito y al verte a los ojos de nuevo, a la luz de un nuevo sol, sólo diríamos –Buenos días- y sabríamos que anoche nada pasó.