miércoles, 3 de agosto de 2016

El desierto de las letras

1092012
“Manejar el silencio es más difícil
que manejar la palabra”
Georges Clemenceau
“La carta de Lord Chandos”, me recuerda a una época de sequía que experimenté hace ya algún tiempo. Una etapa en la que me recuerdo “muda”. Muda y seca, porque algo tan natural en mi como lo es respirar me abandonó completamente: la capacidad de escribir.
Fue una época en que las palabras se pusieron en huelga y me cerraron la puerta a su sabiduría. Las voces que solía escuchar en mi cabeza se silenciaron. La mano tomaba tintero y pluma retándome a escribir cualquier cosa, pero nada brotaba.
Lo comparo con esos momentos de desierto que suele haber en mi búsqueda espiritual. Ese “sentir bonito” y la paz interior que suele predominar cuando me siento cercana a Dios, se toman sus vacaciones y no me queda más remedio que tener fe. Así mismo me sucedió con las letras. De pronto me vi inexperta en sus significados y en los misterios que esconden cuando las ordenas desordenadamente.
Supongo que cualquier escritor, poeta y siervo de la literatura tiene momentos así. El desierto de las letras se nos presenta al menos una vez en la vida a aquellos que hemos decidido ser libres encadenándonos a las palabras que otros inventaron.
Nos quedamos mudos en algún momento de la vida nuestra y nos sentimos muertos en vida. No se valora igual el don de la escritura hasta que se ha pasado por un desierto y un silencio impenetrable como es el quedarse mudo ante un lienzo blanco.
Pero si uno logra recuperarse de ese estado, se da cuenta que cuando vuelve a escribir, sus letras han cambiado. Pareciera que el desierto de las letras se presentara para depurar las ideas que asfixian nuestros pensamientos para dar paso a un desfile mucho más sofisticado y sublime de lo que se habla y por supuesto, de lo que se escribe.
Demos paso al silencio cuando sea que se presente, pues al forzar la escritura en su momento de desierto, muchos grandes se hicieron pequeños.

El desierto crece

13112012
“El silencio es el elemento en el que
se forman todas las cosas grandes.”
Thomas Carlyle 

Toda mi vida la he pasado en un barullo constante, no existe día en que mil pensamientos no me aturdan durante pequeños lapsos de tiempo, y muchas veces, la única salida a esta presión de ideas en mi cerebro, ha sido la escritura. Las letras han sido mis aliadas incluso cuando las lágrimas me han dejado ciega y me imposibilitan escribir, pues basta un pañuelo para esclarecer mi vista y seguir llorando desde mi tintero. Sin embargo, muchas veces, cuando releo viejos textos, me cuesta trabajo creer que fui yo la autora de semejantes letras, no me reconozco en las ideas plasmadas, porque para bien o para mal, no siempre soy la misma.
El problema es que la bipolaridad de mis sentimientos a veces da mucho para escribir pero a veces no da nada. A veces es tanto que inicio escribiendo sobre una cosa y termino escribiendo sobre algo totalmente distinto. A veces me piden un ensayo y termino escribiendo una confesión. ¿Qué puedo hacer? Las letras no salen cual chorro de agua al abrir una llave, a veces las hay en abundancia, pero otras veces experimento sequías que me meten en problemas, sobre todo cuando de hacer tareas se trata, mi desequilibrada mente no está a mis órdenes como yo quisiera, a veces despierto en medio de un desierto que me mantiene ajena al mundo, no hablo con mis hermanas, no hablo con mis padres, no hablo ni siquiera con mis amigos, pero el problema es realmente cuando no puedo hablar en clase.
Una vez dijo un compañero, que había elegido estudiar letras porque escribe mejor de lo que habla, yo debo admitir que escribo mucho pero la verdad es que casi no encuentro palabras para decir todo lo que pienso en voz alta. Es como si las letras dispuestas en una hoja me permitieran seguir en silencio, aún cuando alguien más las lea no serán necesariamente pronunciadas en voz alta, y eso, de alguna extraña manera, me mantiene a salvo, cuando estoy escribiendo. Mi irrazonable mente cree que lo escrito se puede conservar en silencio. Secreto, oculto, además de posibilitar el perfeccionamiento de lo que se dice mientras que una palabra pronunciada en voz alta jamás será borrada del alma del mundo.
Sin embargo, pasa el tiempo y no dejo de notar como el desierto crece. El silencio me es preferible a decir cualquier cosa desatinada o falta de certeza. Llevo semanas, atada al silencio porque mi cerebro empieza a funcionar de una manera que desconozco, algunos dirían “normal” yo empiezo a dudarlo. Después de todo, ¿qué es lo normal? Mi normalidad es ese desierto que me inspira a escribir sobre la arena, aunque lleguen tormentas que se lleven mis letras lejos y muchas veces las desaparezcan. Mi normalidad es sentirme sola y triste y reflexionar sobre la ironía de vivir estando muerta o morir sin estar viva.
Que las palabras nunca serán suficientes para explicar esta paradoja que a menudo me hace ver más claras las cosas, aun cuando a otros solamente los confunde. Escribo bien o mal, ¿quién puede decirlo? El ser humano ha inventado toda clase de aparatos pero nadie ha creado un aparato que califique con alguna escala extraña, aquello que se ha dicho, para asegurar que se dijo lo que se pensó decir desde un principio. Hay desiertos que matan, ahogan y por los que te pierdes, pero también hay desiertos de los que corren ríos de letras que en paisajes más verdes jamás encontraríamos. La vida no es un simple blanco y negro, bueno  o malo y mi desierto no me parece un obstáculo si no más bien una necesidad para mi ser que escribiendo a veces muere y muriendo a veces escribe.
Aún así, imposible negar que siento una terrible ansiedad cuando me siento frente a una hoja, bolígrafo en mano y la impotencia de escribir se apodera de mi. Más cuando estos lapsos son cada vez más frecuentes y más prolongados. Es como si mi conciencia aceptara que no existen las palabras que expresen todo mi ser, como si luchara contra resignarse a usar palabras ajenas con dueños ya dormidos.
Cómo adueñarse del discurso que se proclama cuando se sabe usurpador de las palabras, cómo acusar de plagio al enemigo cuando las letras se saben sin dueños desde hace siglos; cómo me enorgullezco de mis letras si sé que mi idioma en realidad no es mío, si soy esclava de signos que no me explico y aun cuando me atreviera a crear un nuevo lenguaje y una variedad de signos, mis palabras serían nada, mis textos quedarían ocultos, mis labios estarían encadenados a un capricho que con nada justifico.
Después de todo qué son las letras si no hay otro que les de vida, qué son las letras sin un lector ávido de pronunciarlas en sus recovecos, qué son un sinfín  de cuadernos, hojas, notas con líneas interminables de un ser que se derrite en ellas, no son más que un desierto donde el escritor se pierde, un desierto que sirve de refugio y de celda al escritor condenado y privilegiado, no son otra cosa que un desierto que crece.

Viaje sin destino

13112012
“Los viajes son los viajeros.
Lo que vemos no es lo que vemos,
sino lo que somos.”
Fernando Pessoa

¿La vida es un viaje o un paseo? Cada cual ve la vida de diferente manera y la vive de acuerdo a sus ideales. Para algunos es un importante viaje donde debemos tener un destino y todo debe tener una razón de ser. Cada paso está planeado y fríamente calculado; los tropiezos son inconcebibles y la improvisación está fuera de lugar.
Sin embargo ¿qué clase de vida sería esa? La vida debería ser considerada un paseo. Recordar que estamos de paso, que sólo tendremos una oportunidad de dejar huella en el mundo y asegurarnos de hacerlo memorablemente. Nada nos costaría recordar que al igual que en el paseo habrá momentos en los que el paisaje será excelente y digno de admirar, pero otras veces lo digno de contemplar será nuestra vida misma. Introspección.
Dicen que los jóvenes nos aislamos del mundo detrás de un aparato electrónico o unos audífonos. Si supieran que muchas veces no escuchamos la canción o no vemos realmente la película. Que nos perdemos en nuestros propios pensamientos y que vemos la vida con tal profundidad que a veces cuesta no ponerse a llorar a medio camino.
Hace mucho que la vida dejó de ser nacer, crecer, casarse, reproducirse y morir. Dicen que ya no nos tomamos la vida en serio pero creo que es todo lo contrario. Nos la tomamos tan en serio que sin pensar en lo que hacemos pensamos demasiado.


Vivir sin arrepentimientos no es vivir. Tenemos que equivocarnos y aceptar que existen muchas cosas de las que nos arrepentimos. Considero más sabio a quien admite que hubiera preferido no hacer esto o aquello que a quien hipócritamente dice no arrepentirse de nada. Aceptar que ya no podemos dar la vuelta atrás es amigo del arrepentimiento. Por qué no admitir que a veces quisiéramos crecer otra vez, hacer un par de cosas diferentes.
Me acepto en la medida de que soy capaz de aceptar que me equivoqué varias veces. Si realmente no nos arrepintiéramos de nada cometeríamos los mismos errores una y otra vez, la prueba de que nos arrepentimos es precisamente ese pisar más cuidadoso para no caer en el mismo hoyo.
Paseamos, al menos yo paseo, siempre me resulta incómodo y martirizante cuando la gente me pregunta qué voy a hacer cuando termina la carrera, nunca me ha importado que me pregunten qué estudio, pero qué molestia es responder sobre el futuro. Estoy de paseo, a veces observo el paisaje, tomo notas, veo dentro de mi y cuando me estoy asustando veo de nuevo afuera.
La vida no son un altero de cuadernos guardados en varios rincones de la casa, diarios, bitácoras, historias a medias y medias historias. Reflexiones, pensamientos, palabras, hojas blancas con sólo la fecha en una esquina, porque a veces hay tanto que decir que se sabe de antemano que nada de lo que se escriba será suficiente. La vida no son las cicatrices, físicas y espirituales, no son los tropiezos ni las caídas.
La vida es un instante, el instante de ahora que se esfuma mientras escribo. La vida es un largo paseo por calles que no conocemos y con gente que jamás habíamos visto. Es caminar sin destino pero nos convencemos que vamos de viaje y queremos tener todo preparado, aunque al final nada pueda prevenirse.


Qué manía por controlar todo cuando  nada es controlable. Hacer planes sólo trae frustraciones, porque si somos honestos, nada resulta como lo planeamos, dice un dicho mexicano que si quieres hacer reír a Dios, le cuentes tus planes y creo que no está muy alejado de la realidad.
Al final lo único que queda es la poesía, ese rompecabezas de palabras donde escondemos nuestro ser a la vez que lo exponemos, esa suerte de palabras entretejidas que de lejos forman una imagen y de cerca muestran un montón de cicatrices que tratamos de maquillar. Poesía es dejar las heridas abiertas y de vez en cuando echarles sal sólo para recordar que siguen ahí.
La poesía es capaz de congelar el tiempo y a la vez viajar a través de él. Es la única capaz de hacer que perduremos y nos eternicemos. Es la única amiga que se queda en tiempos de alegría, de ira de tristeza o simple melancolía. Cuando la familia se va, cuando los amigos se esfuman, cuando Dios se marcha, solo nos queda la poesía, sólo nos queda esa antiquísima amiga, una hoja blanca y un tintero. Para escribir sobre la experiencia de viajar aún cuando no sabemos el destino.