“A cierta edad, un poco por amor propio,
otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no
desear.”
Marcel
Proust (1871-1922) Escritor francés.
Si fueras capaz de leerme, de escribirme o de pensarme, me vivirías
como quiero que te vivas, me recorrerías, como quiero recorrerte y tu piel se
fundiría esta misma noche con las sábanas que cubren mi colchón.
El perfil que las sombras me dibujan de tu rostro, cuando el
silencio de las noches te sofoca, me provoca un vértigo que me hace imaginar caricias peligrosas y
escenas, escandalosamente silenciosas.
Si leyeras mi mente y entendieras mis sonrisas, explotaríamos en un
volcán de besos clandestinos, besos sin reservas besos que no generen
compromisos.
Desataríamos nuestra propia tormenta
por la noche, arrojando las sábanas al piso y nadie sería capaz de
distinguir tu silueta de la mía, mi cuerpo del tuyo, mi aliento respiraría de
tu aliento y tu sudor se volvería mío.
Y al despertar, al despertar tal vez amanezca entre tus brazos y tú
entre los míos pero al abandonar esta cama, al tocar mis pies el suelo, nuestro
holocausto sería un eslabón perdido, un sueño de una noche de verano, un
recuerdo vagamente infinito y al verte a los ojos de nuevo, a la luz de un
nuevo sol, sólo diríamos –Buenos días- y sabríamos que anoche nada pasó.