miércoles, 3 de agosto de 2016

El desierto crece

13112012
“El silencio es el elemento en el que
se forman todas las cosas grandes.”
Thomas Carlyle 

Toda mi vida la he pasado en un barullo constante, no existe día en que mil pensamientos no me aturdan durante pequeños lapsos de tiempo, y muchas veces, la única salida a esta presión de ideas en mi cerebro, ha sido la escritura. Las letras han sido mis aliadas incluso cuando las lágrimas me han dejado ciega y me imposibilitan escribir, pues basta un pañuelo para esclarecer mi vista y seguir llorando desde mi tintero. Sin embargo, muchas veces, cuando releo viejos textos, me cuesta trabajo creer que fui yo la autora de semejantes letras, no me reconozco en las ideas plasmadas, porque para bien o para mal, no siempre soy la misma.
El problema es que la bipolaridad de mis sentimientos a veces da mucho para escribir pero a veces no da nada. A veces es tanto que inicio escribiendo sobre una cosa y termino escribiendo sobre algo totalmente distinto. A veces me piden un ensayo y termino escribiendo una confesión. ¿Qué puedo hacer? Las letras no salen cual chorro de agua al abrir una llave, a veces las hay en abundancia, pero otras veces experimento sequías que me meten en problemas, sobre todo cuando de hacer tareas se trata, mi desequilibrada mente no está a mis órdenes como yo quisiera, a veces despierto en medio de un desierto que me mantiene ajena al mundo, no hablo con mis hermanas, no hablo con mis padres, no hablo ni siquiera con mis amigos, pero el problema es realmente cuando no puedo hablar en clase.
Una vez dijo un compañero, que había elegido estudiar letras porque escribe mejor de lo que habla, yo debo admitir que escribo mucho pero la verdad es que casi no encuentro palabras para decir todo lo que pienso en voz alta. Es como si las letras dispuestas en una hoja me permitieran seguir en silencio, aún cuando alguien más las lea no serán necesariamente pronunciadas en voz alta, y eso, de alguna extraña manera, me mantiene a salvo, cuando estoy escribiendo. Mi irrazonable mente cree que lo escrito se puede conservar en silencio. Secreto, oculto, además de posibilitar el perfeccionamiento de lo que se dice mientras que una palabra pronunciada en voz alta jamás será borrada del alma del mundo.
Sin embargo, pasa el tiempo y no dejo de notar como el desierto crece. El silencio me es preferible a decir cualquier cosa desatinada o falta de certeza. Llevo semanas, atada al silencio porque mi cerebro empieza a funcionar de una manera que desconozco, algunos dirían “normal” yo empiezo a dudarlo. Después de todo, ¿qué es lo normal? Mi normalidad es ese desierto que me inspira a escribir sobre la arena, aunque lleguen tormentas que se lleven mis letras lejos y muchas veces las desaparezcan. Mi normalidad es sentirme sola y triste y reflexionar sobre la ironía de vivir estando muerta o morir sin estar viva.
Que las palabras nunca serán suficientes para explicar esta paradoja que a menudo me hace ver más claras las cosas, aun cuando a otros solamente los confunde. Escribo bien o mal, ¿quién puede decirlo? El ser humano ha inventado toda clase de aparatos pero nadie ha creado un aparato que califique con alguna escala extraña, aquello que se ha dicho, para asegurar que se dijo lo que se pensó decir desde un principio. Hay desiertos que matan, ahogan y por los que te pierdes, pero también hay desiertos de los que corren ríos de letras que en paisajes más verdes jamás encontraríamos. La vida no es un simple blanco y negro, bueno  o malo y mi desierto no me parece un obstáculo si no más bien una necesidad para mi ser que escribiendo a veces muere y muriendo a veces escribe.
Aún así, imposible negar que siento una terrible ansiedad cuando me siento frente a una hoja, bolígrafo en mano y la impotencia de escribir se apodera de mi. Más cuando estos lapsos son cada vez más frecuentes y más prolongados. Es como si mi conciencia aceptara que no existen las palabras que expresen todo mi ser, como si luchara contra resignarse a usar palabras ajenas con dueños ya dormidos.
Cómo adueñarse del discurso que se proclama cuando se sabe usurpador de las palabras, cómo acusar de plagio al enemigo cuando las letras se saben sin dueños desde hace siglos; cómo me enorgullezco de mis letras si sé que mi idioma en realidad no es mío, si soy esclava de signos que no me explico y aun cuando me atreviera a crear un nuevo lenguaje y una variedad de signos, mis palabras serían nada, mis textos quedarían ocultos, mis labios estarían encadenados a un capricho que con nada justifico.
Después de todo qué son las letras si no hay otro que les de vida, qué son las letras sin un lector ávido de pronunciarlas en sus recovecos, qué son un sinfín  de cuadernos, hojas, notas con líneas interminables de un ser que se derrite en ellas, no son más que un desierto donde el escritor se pierde, un desierto que sirve de refugio y de celda al escritor condenado y privilegiado, no son otra cosa que un desierto que crece.

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