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jueves, 26 de noviembre de 2015

Reflexiones de una enferma mental



" Mi normalidad es sentirme sola y triste 
y reflexionar sobre la ironía de vivir estando muerta 
o morir sin estar viva."
Drew Cabral

Hacía más de un año que no visitaba a mi terapeuta, hacía más de un año que no me tomaba mis medicamentos y todo marchaba extrañamente bien. Sin embargo me sentía lejana, me sentía diferente, me sentía otra, me sentía extraña.  Ya no escribía, sólo de vez en cuando en mi diario pero eso no bastaba, ya no podía decirme a mí misma escritólica ni sabía cómo es que había escrito tantas cosas años atrás. 

No me había dado cuenta en el zombie en el que me había convertido hasta que lo volví a ver. Alguien de quien no he hablado en ninguna de mis reflexiones anteriores, un amigo que estuvo presente en una de las crisis más importantes de mi vida o de mi demencia, él, a quien vi sufrir verdaderamente la primera vez que casi le pongo fin a mi existencia. A él, está dedicada esta reflexión.

Han pasado apenas cuatro días desde que te vi y has puesto mi mundo de cabeza, me hiciste volver a lugares de mi mente que creí que ya no existían, lugares de mi conciencia que había mantenido a raya, pero no te preocupes, no es para nada lo que podrías estarte imaginando, me refiero, a que me devolviste a aquel lugar en mi trastornada personalidad en que mi dolor es convertido en letras, ese espacio fuera de esta realidad en la que soy capaz de escribir para llorar lágrimas de tinta en lugar de sólo retenerlas hasta que la gente se da la vuelta. 

Aunque mi mente ya no se pasa el día planeando la mejor manera de abandonar el mundo antes de la fecha por Dios prevista, aunque ya no he vuelto a cortarme ni a tomar pastillas como si fueran caramelos, aunque ya no lloro desesperadamente todos los días en la regadera para que nadie se dé cuenta, aún siento dudas, tristeza, melancolía, cansancio espiritual y hasta he sentido que he perdido la fe en el amor. Sí, aún soy dramáticamente exagerada. Pero el problema era que ya ni siquiera usaba esa pésima forma de ver las cosas para hacer lo que me apasionaba cuando nos conocimos: escribir.

Tal vez este texto no tiene ni pies ni cabeza, tal vez creo estar diciendo muchas cosas y en realidad no he dicho nada. Perdóname. Estoy oxidada. Pero aquí estoy, intentándolo de nuevo y con un río de ideas en mi cabeza, con historias de amor que escribir, con poesía y ensayos, con nuevas preguntas, con el deseo de volver a pensar, con el deseo de recuperar lo mejor de mí que perdí cuando comencé a caer, cuando comencé a reír, comencé a rezar y a creer.

El hospital psiquiátrico quedó atrás, no estuviste cuando sucedió todo eso, me alegro, pues no hubiera soportado ver de nuevo tu mirada desconcertada y el dolor en tu rostro al verme derrotada. No hubiera soportado que me vieras cuando decidí dejar de pelear y quise entregarme a la muerte. Me alegra que hasta hoy nos hemos reencontrado para que vieras a la mujer que soy, un tanto robótica pero estable, y que además me hayas dado esta rara sensación de familiaridad que me hace querer ser las cosas que era y que valorabas de mí hace 10 años, dejando a un lado las malas rachas, volver a ser la escritora, la consejera, la amiga que fui alguna vez, viniste a aceitar esta oxidada mente que se había acostumbrado a dejar que otros pensaran por ella.

Creo que no lograré decirte ni con todas las letras del mundo, que te agradezco porque me has devuelto a la vida, pues hasta ahora, sólo había estado sobreviviendo, ahora deseo de nuevo, ahora escribo de nuevo, ahora sonrío de nuevo con solo pensar en ti.

Me has devuelto a mi normalidad.



-Y ¿qué normalidad es esa?- pregunta mi terapeuta
-Cuando dejé de desear morirme, también dejé de hacer muchas cosas de las que me enorgullecía de mi misma, y aunque no lo había admitido, me avergüenzo un poco de la persona en la que me he convertido.
-Pero si eres la perfección andando- contestó un tanto sarcástico, no era ateo pero tampoco era católico y después de tantas sesiones juntos había aprendido que no le parecía la forma en la que había abrazado mi religión.
-No es necesario que te burles de mi.
-No me burlo, eres tú la que dejó de venir a sesiones porque ya estaba bien su vida, si mal no recuerdo dijiste: ahora ya no tengo más pensamientos suicidas, voy a misa varias veces por semana, no necesito con quien platicar porque en mi oración me dejo guiar por el Espíritu Santo, me confieso y comulgo, ya no le hablo mal a las personas, trato de ayudar siempre que puedo sin esperar nada a cambio, y otro montón de cosas, tú te diste el alta, no yo.
No supe qué decir, era mi letanía de todos los días, las razones que me daba a mi misma diariamente para convencerme de que ahora estaba mejor que nunca, y  tal vez algunas cosas estaban mejor pero no todo y eso me pesaba. 
-Además, ¿por qué dices que regresaste a tu normalidad? ¿no dices que lo acabas de ver el fin de semana? ¿cómo pudo cambiar tu vida en estos días?
-Cuando mi ex se fue, sólo pensaba en cómo sobrevivir día a día, cómo llenar los huecos, con tal de no sentir el vacío que dejó comencé a llenar mi vida de actividades, aun cuando no me convencieran del todo, aun cuando me causaran otro tipo de vacíos, estaba viviendo día a día, pensando "hoy puedo sobrevivir sin él", hoy, hoy, hoy.  Ya no escribía porque no me apetecía pensar en nadie más, sólo quería aprender a vivir sin él. Cuando me encontré con E el sábado, después de platicar muchas horas, me dí cuenta que me avergonzaba la mujer a la que había venido a ver, a la mujer a la que había encontrado, pero en lugar de pensar en algo igualmente tonto como: voy a tratar de ser la mujer a la que él aprendió a querer, o la mujer de la que él se pueda sentir orgulloso, pensé, voy a recuperar a la mujer de la que yo me sentía orgullosa, alguien de quien no me avergüence, reconociendo lo que ya hago bien y corrigiendo lo que hago mal, lo que hago por inercia, lo que no me hace sentirme viva.

-Y ¿piensas retomar la terapia?, ¿o sólo viniste a saludar?
-Quiero retomar la terapia, pero no quiero volver a tomar medicamentos, me atrofiaron el cerebro, cuando los tomaba fue cuando ya no pude volver a escribir, y estos días después de verlo, he tenido más ideas de las que mi mano torpe alcanza a escribir. Terapia, sin medicación o no regreso.
-Sabes que el Trastorno Limite de Personalidad no se cura y que el medicamento que tomabas era sólo para ayudar a minimizar los síntomas secundarios de este trastorno. Si vas a volver a terapia deberías tratarte como se debe.
-Sin medicamento, no es negociable.
-Podemos intentarlo, después de todo llevas más de un año sin seguir el tratamiento y dices que no has vuelto tener una crisis suicida ¿no?
-Ninguna, es extraño, no me termino de acostumbrar, creí que me sentiría así toda mi vida.
-Y ya no sientes ganas de morir
-Ya no sentía ganas de nada, sólo quería llevar una vida tranquila y esperar a que Dios me llamara.
-Eso sólo me parece una forma pasiva de querer morirse
-Lo sé, pero E me recordó quién era, no cómo me sentía, sino quién era, qué cosas hacía, qué cosas era capaz de hacer antes de mi relación con Dios y con mi ex, de mi capacidad de amar y de enamorarme, no sé si vuelva a encontrar a alguien con quien desee pasar el resto de mi vida, pero sí quiero volver a enamorarme y escribir poesía, historias, canciones, quiero volver a emocionarme porque alguien me llama, me busca, me abraza, quiero volver a imaginar historias y plasmarlas en hojas blancas impacientes por ser usadas, quiero volver a VIVIR.
-Me alegro, espero poder conocer un día al hombre que ha provocado esto. Porque francamente creí que terminarías encerrada de nuevo.
-¿En el psiquiátrico?
-No, peor aún, en un convento.

Drew Cabral




viernes, 20 de septiembre de 2013

Aniversario de mi vida nueva...

Hace tres años, el 20 de septiembre del 2010, mi vida cambió para siempre. 
Me preparaba para una entrevista de trabajo, hacía una semana que había abandonado el convento y no tenía nada. Había vendido mis cosas, renunciado a mi amado trabajo en el Seminario de Guadalajara, y las últimas clases que había tomado eran las del Interreligioso. Mi hermana me había conseguido una entrevista en su trabajo y yo estaba en ello cuando me llamaron del Colegio Felícitas de la Cruz, era la hermana Lupita, para decirme que se habían quedado sin maestro de español y que necesitaban quien cubriera ese mismo día uno de los grupos. 
Me comunicó con la directora de la secundaria, quien a su vez me medio entrevistó por teléfono y me propuso ir por dos semanas de prueba para la materia con tres grupos, los dos 3° y un 2° grado. Y como pude salí disparada porque la clase comenzaba a las 12:10 y ya eran las 11. 
Llegué un par de minutos tarde, la madre Directora me recibió con la lista de asistencia y los libros de texto. Me acompañó a un salón que estaba casi al final del pasillo de la planta alta y me presentó. Dos minutos después de regañarlos y advertirlos me dejó sola. Me miraban alrededor de 35 alumnos, en aquel momento yo no sabía que además de la reputación de la escuela de recibir a los casos perdidos, chicos expulsados de otras escuelas, etc. (Los mismos sacerdotes del seminario dijeron  -pobre Andrea- cuando supieron que ahora trabajaba allí) yo me encontraba frente al grupo más numeroso y con la peor conducta del colegio. Por favor queridos alumnos de 3°B, no se ofendan pero es la verdad. 
Algunos quisieron aplicar la de -hay que presentarnos- pero yo, con la mayor calma que pude porque la verdad me moría de nervios, les dije que ya bastante tiempo habían perdido cambiando de maestros (yo era la tercera maestra de español en lo que iba del año y eso que apenas llevaban un mes de clases) y que además no me iba a aprender sus nombres ese mismo día por lo que no tenía caso la presentación. En cambio les pedí que escribieran sobre ellos mismos para revisar su ortografía y redacción y luego... Ya no recuerdo. Sólo sé que cuando sonó el timbre de salida sentí un gran alivio. 
Podría detenerme y hacer un recuento de todas mis memorias de ese año, pero temo que si lo escribo me de cuenta de algunas lagunas mentales y que tal vez idealicé algunos momentos. Por esto, prefiero centrarme en lo bueno que guardo de ese año de mi vida en mi corazón ( la verdad es el hipocampo pero dejémoslo así de cursi). 

Ese año trabajé con gente extraordinaria a la que siempre recuerdo con gran cariño. El maestro Juan, quien era director-coordinador-prefecto-secretario-y-todo-lo-que-se-necesite-aunque-el-sueldo-no-lo-justifique del colegio, quien me enseñó mucho durante mi paso por ahí, sobre la vocación de ser maestro, sobre ser padres sustitutos, sobre las recompensas de dar todo en el aula (y no hablo del sobre con $100 pesos por el día del maestro por parte de la escuela). Aún agradezco las groserías que propinó cuando le dije que me habían corrido. Supe de esa manera que siempre contaría con su apoyo. 
Conocí también a dos excelentes maestras: Luci y Paty, quienes me incluían en sus amenas charlas durante los recreos en la sala de maestros. Me conmovieron con sus pláticas, compartieron su dolor y alegrías conmigo y me hicieron sentir parte del equipo de maestros. Gracias maestra Luci por recibirme en tu casa cuando nos fuimos a celebrar el receso escolar. Gracias maestra Paty por ayudarme con las planeaciones y tantas cosas que resultaron a lo largo del año. Gracias por creer que yo era la persona indicada para quedarme con todos los grupos de español cuando pudiste volar más alto. Eso me dio confianza en mi misma. 
Al teniente, el maestro Francisco, el maestro Agustín, la maestra Mony, la maestra Alejandra y el maestro Rigo, los fui conociendo poco a poco y aprendí de ellos siempre que los escuchaba. De algunos sobre la
Docencia, de otros sobre el carácter, a veces sobre la paciencia y siempre sobre la amistad y apoyo cuando se trabaja juntos. 
 La maestra Lupita estará grabada eternamente en mi memoria, por la intensidad con la que vivía la vida. El amor a los alumnos, la indignación cuando las madres eran injustas, la decepción cuando alguien le fallaba. Su carácter fuerte y dulce, sus lágrimas que me conmovían cada vez y todas las veces. Sus consejos y el modo en el que me llamaba "Andreita".  El maestro Felipe y su jovial desempeño, sus pláticas en la sala de maestros cuando ambos teníamos horas libres. La indignación de todos sus alumnos cuando supieron la forma en la que había salido del colegio. Lo extrañaron desde el primer instante y aún guardo unas cartas que le escribieron sus alumnos, las cuales nunca pude entregar. 
Aprendí mucho en ese año, sobre la vida, sobre la docencia, sobre la injusticia y sobre mí misma. Descubrí mi verdadera vocación pero no gracias a las religiosas, sino gracias a mis colegas y alumnos. 
Amé cada instante que pasé frente a los grupos. Lloré porque cuando se ama de verdad también se sufre. Nunca olvidaré a los alumnos de esa generación. A Priscila la recuerdo con mucho aprecio porque hubo amistad más allá de las paredes del colegio. Me sentí honrada cuando me invitó a su fiesta de XV años y recuerdo bonitos momentos de aquella noche, así como de los días en la unidad y los momentos en su casa y en el negocio de sus padres. Gracias por tu cariño sincero e incondicional. Gracias a todos mis alumnos y el cariño que me mostraron, gracias por sus palabras y sus cartas. Gracias por enseñarme a ser mejor maestra. Gracias por su confianza y sobre todo gracias por ser parte de una etapa tan importante en mi vida. 
No concibo la idea de no volverlos a ver y espero que pueda ser pronto. Quiero saber de ustedes, qué han hecho, dónde están ahora.  
Gracias a todos, maestros, alumnos e incluso padres de familia, por sus muestras de apoyo cuando tuve que despedirme de ustedes. Las protestas, las lágrimas, los mensajes en el pizarrón, los inbox que decían: la extrañamos maestra...
Gracias por tanto amor y por tantos buenos recuerdos, la Fil, el balneario, la graduación. Los festivales, los recreos, los proyectos en clase. Los reclamos y los agradecimientos, las 4 horas planeando los horarios que nunca pudimos cumplir. Los festejos y las pláticas en sala de maestros. Gracias a todos por sus consejos. No los olvido. 
Han pasado apenas tres largos años pero no escribí nada de esto antes por una sencilla razón: era para hoy.