miércoles, 4 de julio de 2012

Reflexiones de una enferma mental...



Lo vi como en un espejismo. Alto, con barba y bigote recortados, su playera tipo polo y sus jeans impecables. Si no fuera porque había subido algo de peso, habría creído que el tiempo no pasó por nosotros cuando me sonrió.

Hola. Dijo. Hola. Respondí.
Deposité mis boletas en las urnas y salí unos metros detrás de él. El mundo se movía en cámara lenta, mientras yo lo observaba caminar en un fondo sepia sintiéndome normal otra vez.

Juro que el minuto que tardé en estar parada de nuevo junto a él, fue el más largo de mi vida. Saludar a su papá después de todos estos años fue reconfortante, conocer a su esposa y a sus hijos, fue aterradoramente conmovedor. Pensé: "te casaste, tienes dos hijos y toda tu familia se ve feliz, casi lo mismo que yo; me comprometí, mis padres se separaron, me diagnosticaron un trastorno mental, ingresé al psiquiátrico, me plantaron en el altar (en realidad un poco antes) y estoy fuera pero debo seguir tomando mis medicamentos...

Me pregunto cómo habría sido mi vida si nuestra timidez no hubiera interferido. Escuchaba a tu padre pero no podía dejar de sonreír y noté que tú tampoco. Mi corazón latió con prisa al estar a escasos centímetros de ti. Una ola de cordura me envolvió, fue como si la familiaridad de tu presencia reordenara mis neuronas y aceitara mis procesos mentales.

La nostalgia me embargó cuando nos despedimos. No quería irme. No quería alejarme tan pronto de ti, porque no quería que la locura se apoderara de mi otra vez.

Pasé el resto del día pensando en ti. Recordando aquel viejo amor de niña ingenua que sentí una vez por ti. Las sonrisas tímidas, los saludos torpes y provincianos. La imagen de ti a través de la ventana observándote lavar tu camioneta. Un mundo perfectamente ordenado que perdí hace siglos. Había arrumbado esos recuerdos en algún rincón oscuro de mi retorcida mente. Los había abandonado como si no importaran. Pero hoy me doy cuenta que son más importantes que nunca, porque no son sólo recuerdos, son fragmentos de quien fui alguna vez, piezas importantes de la chica buena y cuerda que antes fui. Al menos de la no tan trastornada que otros recuerdan.

No creo que te vuelva a ver. No sé porqué el caprichoso destino te cruzó de nuevo en mi camino. Pero no sabrás nunca cuánto agradezco este encuentro. Me ayudó más que los cientos de pastillas que tomo desde hace meses.

El simple regalo de poder escribirte todo esto, como las interminables historias que te escribí en la preparatoria, que haya vuelto a ser mi inspiración una vez más, es invaluable.

Drew Cabral ®

No hay comentarios:

Publicar un comentario