miércoles, 4 de julio de 2012
Reflexiones de una enferma mental...
Extraño el hospital psiquiátrico. Deambular por los jardines, usar ropa cómodamente blanca, escuchar los delirios de los otros pacientes, charlar con aquellos que están allí por la misma razón que yo: si pasan más tiempo afuera terminarán por volverse realmente locos.
Recuerdo la primera vez que le dije a mi madre que tomáramos terapia familiar -¿para qué? Si la que tiene problemas eres tú- y claro, si te intentas suicidar una vez debe haber algún problema con tu familia pero si lo intentas tres veces tú debes ser el problema de tu familia, ¿O no?
En alguna época de mi vida tuve unos cuantos amigos con quienes creí que podría contar siempre, buenas personas, algo excéntricos, supongo que por eso nos llevábamos bien.
Formamos un pequeño grupo elitista que se reunía al menos dos veces por semana, solíamos salir a comer o nos íbamos a pasear a un sitio donde la gente solía ir a escalar. Nosotros no teníamos equipo para hacerlo pero unos buenos tenis y nuestras manos eran suficientes para poner nuestras vidas en peligro y regresar luego muertos de cansancio a casa.
Los veía más que a mi propia familia y creí que así sería siempre. Fue curioso cuando me internaron, porque creí que no tardarían en visitarme pero nunca lo hicieron.
Mi mejor amigo intentó sutilmente hacer que me visitaran pero todos hicieron lo mismo, me mandaron mensajes y uno de ellos me llamó.
"¿Por qué no les dijiste lo que te pasa?" Me preguntó el psiquiatra cuando le conté lo sucedido. Le dije que siempre me era más sencillo sonreír, decir estoy bien y cambiar de tema porque explicarles que tengo una enfermedad mental no es lo mismo que decirles estoy enferma de gripa.
-Para ellos sólo soy una amiga dramática que haces tormentas en vasos de agua. Que se aleja y que siempre vuelve. Explicarles que sufro de un trastorno de la personalidad limítrofe probablemente los alejaría para siempre, porque una cosa es decir estoy loca y que me digan "lo sé" y otra que les diga que clínicamente me han diagnosticado una enfermedad mental. Eso ya son palabras mayores.
Y lo fueron, cuando mi amigo les dijo que no estaba de viaje como mi madre les había dicho y que me encontraba a tan sólo una hora de camino en una clínica de salud mental porque mis intentos de suicidio no sólo eran para llamar la atención sino ocasionadas por una enfermedad mental real, todos se asombraron y prometieron ir a verme pero ninguno lo hizo. Y hace ya bastante tiempo que no sé nada de ellos.
Extraño el hospital porque allí no tengo que sonreír cada vez que me topo con otro ser humano y puedo decir libremente hoy amanecí con ganas de morirme sin que me juzguen o me tachen de emo. Para los otros pacientes sólo soy normal, como ellos. Para los médicos y las enfermeras estoy enferma y punto.
En cambio, aquí afuera, puedo decir que voy al médico porque tengo gripa, al ginecólogo si estoy embarazada o al templo porque necesito confesarme; pero si se me ocurre decir en voz alta que voy al psiquiatra porque tengo una enfermedad mental, nadie querrá darme trabajo, se alejarán como si tuviera lepra y sentirán lástima por mi.
Lo más difícil de estar enferma es tener que sonreír y fingir que estoy bien todo el tiempo. Lo más difícil de estar enferma, es no poder ser yo misma, es no poder ser YO.
Drew Cabral ®
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