miércoles, 9 de noviembre de 2011

¿Por qué caen pianos del cielo?


“Existe el destino, la fatalidad y el azar; lo imprevisible y, por otro lado, lo que ya está determinado. Entonces como hay azar y como hay destino, filosofemos.”
Lucio Anneo Séneca (2 a.C. – 65 d.C.)

“Las cosas pasan por algo. Pinche algo, chinga tu madre”. En cierta ocasión leí esta frase en algún lugar y más que graciosa, me pareció acertada. A todos en alguna ocasión, tras una desventura, nos han abrumado con eso de “las cosas pasan por algo” y más de alguno hemos querido contestar de esa misma manera. Aún así no dejamos de preguntarnos ¿por qué caen pianos del cielo? ¿Por qué las cosas tienen que pasar por algo? ¿Por qué creemos en el destino?
No importa el país, la cultura o religión que practiquemos, nuestra vida sólo adquiere sentido cuando creemos que estamos aquí por algo, cuando creemos en algún ser superior como los dioses del Olimpo en los que creían los griegos, alguna fuerza que controla nuestras vidas, alguien que vela nuestros sueños.  Cada vez que la vida nos sorprende con situaciones inesperadas nos consolamos con la idea de que vendrá algo mejor o si somos creyentes, “porque Dios así lo quiso, y Él sabe por qué hace las cosas”.
¿Pero de verdad existe el destino?, es decir, no importa tal o cual decisión tomemos, ¿todo está escrito y ya nada puede cambiarse? ¿Qué hay entonces con el libre albedrio? A veces, he pensado que tal vez sólo tomamos decisiones sobre cosas insignificantes, y nos hacen creer que tenemos el control de nuestras vidas, pero no es así. De alguna manera, igual que en las tragedias griegas, nuestros pasos nos llevarán al mismo lugar sin importar la dirección que tomemos.
“Pero de aquel día y hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”, cómo es posible que incluso el fin del mundo esté agendado como cosa natural para el ser humano. Y si no es el fin del mundo, entonces debemos preocuparnos por nuestras vidas pasadas y más aún por las futuras, no olvidemos que existe el karma y que “todo se paga en esta vida”. No importa si una relación falla, simplemente porque no eran el uno para el otro. Y sin embargo a veces preferimos creer en el azar, y paradójicamente, en los azares del destino.
Vivimos en la constante búsqueda de nuestro destino, creemos firmemente que tenemos una misión que cumplir y nos levantamos día con día con la esperanza de descubrir cuál es esa misión. Necesitamos sentirnos importantes en un universo infinito en el que apenas si existimos. Vivimos del drama, o sentimos que no vivimos.  Si nuestra vida no está plagada de sinsabores y tragedias creemos que la fatalidad nos ha abandonado y que ya nada importa. Y convertimos esta desesperanza en nuestro nuevo drama y comenzamos de nuevo.
Recorremos las calles arriesgándonos a sufrir un accidente o encontrarnos con el amor de nuestra vida. Lo arriesgamos todo con la esperanza de perderlo y después levantarnos del fracaso como héroes de una tragedia griega. Amamos ser los protagonistas de nuestra propia tragedia y fingimos que controlamos nuestra vida a nuestro antojo, pero en cuanto las cosas se salen de control, recurrimos al destino para justificarnos. 
“Caminante son tus huellas, el camino y nada más; caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar.” Antonio Machado no creía en el destino, para él, nosotros trazamos nuestro propio camino, nuestras acciones definen nuestro futuro, y nunca se puede cambiar el pasado. Es sencillo, el hubiera no existe. Lo único que está escrito es lo que ya se hizo.
Por el contrario, no sé si Disney pensaba que sin importar lo que hagamos o los obstáculos con los que nos tropecemos, ya todo está determinado. Sin embargo esa idea es la que nos vende en su película “La cenicienta”, donde en una de las canciones dice literalmente “no importa quién borre el camino, marcado está el destino, y el sueño se realizará”. Y aún cuando no lo dijera, todas sus protagonistas están marcadas por la  misma historia: no importa cuán difícil sea la vida, siempre tendremos nuestro final feliz.
Vivimos en un mundo donde nos enseñan de diferentes maneras que la vida es nuestra pero que no está en nuestras manos decidir qué hacer con ella. Tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo pero no sobre nuestro destino. Podemos decidir qué estudiar pero nadie nos asegura qué terminaremos haciendo al final de nuestra vida. Decidimos a quien amar pero no podemos decidir quién nos ame. Podemos decidir no tener hijos pero llegarán de cualquier manera. Podemos decidir estar solos, pero nunca faltará quien nos robe nuestra soledad y además juegue con ella.
Podemos escoger a nuestros amigos pero ¿cómo sabemos que no fueron ellos los que nos escogieron a nosotros? Nadie escoge a su familia pero cómo seríamos si no hubiéramos sido parte de ella. Creemos que las cosas pasan porque existe un plan diseñado desde el principio del universo y sin embargo seguimos tomando decisiones. O decidimos no creer en el destino pero culpamos a Dios por las consecuencias de nuestras decisiones. Somos hipócritas y convenencieros. Creemos cuando nos beneficia y decidimos no creer cuando el destino nos muestra su lado oscuro.
El destino nos desconcierta, no lo entendemos y mucho menos lo conocemos; sin embargo nos preocupa y cuando bajamos la guardia se apodera de nuestras vidas. No importa cómo le llamemos: algo, karma, dios, destino, coincidencia. Creemos en él de una o de otra manera. Es nuestro consuelo, saber que el universo conspira en nuestra contra le da sentido a nuestras vidas, porque sin importar cuán solos nos sintamos, contamos con que el destino nos hará sentir más miserables y no dejará de recordarnos, que sin importar qué tan mal estén las cosas, siempre pueden estar peor. 

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