“Existe el
destino, la fatalidad y el azar; lo imprevisible y, por otro lado, lo que ya
está determinado. Entonces como hay azar y como hay destino, filosofemos.”
Lucio Anneo
Séneca (2 a.C. – 65 d.C.)
“Las cosas pasan por algo. Pinche algo, chinga tu
madre”. En cierta ocasión leí esta frase en algún lugar y más que
graciosa, me pareció acertada. A todos en alguna ocasión, tras una desventura,
nos han abrumado con eso de “las cosas pasan por algo” y más de alguno hemos
querido contestar de esa misma manera. Aún así no dejamos de preguntarnos ¿por
qué caen pianos del cielo? ¿Por qué las cosas tienen que pasar por algo? ¿Por
qué creemos en el destino?
No
importa el país, la cultura o religión que practiquemos, nuestra vida sólo
adquiere sentido cuando creemos que estamos aquí por algo, cuando creemos en algún ser superior como los dioses del
Olimpo en los que creían los griegos, alguna fuerza que controla nuestras vidas,
alguien que vela nuestros sueños. Cada
vez que la vida nos sorprende con situaciones inesperadas nos consolamos con la
idea de que vendrá algo mejor o si somos creyentes, “porque Dios así lo quiso,
y Él sabe por qué hace las cosas”.
¿Pero
de verdad existe el destino?, es decir, no importa tal o cual decisión tomemos,
¿todo está escrito y ya nada puede cambiarse? ¿Qué hay entonces con el libre
albedrio? A veces, he pensado que tal vez sólo tomamos decisiones sobre cosas
insignificantes, y nos hacen creer que tenemos el control de nuestras vidas,
pero no es así. De alguna manera, igual que en las tragedias griegas, nuestros
pasos nos llevarán al mismo lugar sin importar la dirección que tomemos.
“Pero de aquel día y hora nadie
sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”, cómo es
posible que incluso el fin del mundo esté agendado como cosa natural para el
ser humano. Y si no es el fin del mundo, entonces debemos preocuparnos por
nuestras vidas pasadas y más aún por las futuras, no olvidemos que existe el
karma y que “todo se paga en esta vida”. No
importa si una relación falla, simplemente porque no eran el uno para el otro.
Y sin embargo a veces preferimos creer en el azar, y paradójicamente, en los
azares del destino.
Vivimos
en la constante búsqueda de nuestro destino, creemos firmemente que tenemos una
misión que cumplir y nos levantamos día con día con la esperanza de descubrir
cuál es esa misión. Necesitamos sentirnos importantes en un universo infinito
en el que apenas si existimos. Vivimos del drama, o sentimos que no
vivimos. Si nuestra vida no está plagada
de sinsabores y tragedias creemos que la fatalidad nos ha abandonado y que ya
nada importa. Y convertimos esta desesperanza en nuestro nuevo drama y
comenzamos de nuevo.
Recorremos
las calles arriesgándonos a sufrir un accidente o encontrarnos con el amor de
nuestra vida. Lo arriesgamos todo con la esperanza de perderlo y después
levantarnos del fracaso como héroes de una tragedia griega. Amamos ser los
protagonistas de nuestra propia tragedia y fingimos que controlamos nuestra
vida a nuestro antojo, pero en cuanto las cosas se salen de control, recurrimos
al destino para justificarnos.
“Caminante
son tus huellas, el camino y nada más; caminante no hay camino, se hace camino
al andar, al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda
que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la
mar.” Antonio Machado no creía en el destino, para él, nosotros trazamos
nuestro propio camino, nuestras acciones definen nuestro futuro, y nunca se
puede cambiar el pasado. Es sencillo, el hubiera no existe. Lo único que está
escrito es lo que ya se hizo.
Por
el contrario, no sé si Disney pensaba que sin importar lo que hagamos o los
obstáculos con los que nos tropecemos, ya todo está determinado. Sin embargo
esa idea es la que nos vende en su película “La cenicienta”, donde en una de
las canciones dice literalmente “no
importa quién borre el camino, marcado está el destino, y el sueño se
realizará”. Y aún cuando no lo dijera, todas sus protagonistas están
marcadas por la misma historia: no
importa cuán difícil sea la vida, siempre tendremos nuestro final feliz.
Vivimos
en un mundo donde nos enseñan de diferentes maneras que la vida es nuestra pero
que no está en nuestras manos decidir qué hacer con ella. Tenemos derecho a
decidir sobre nuestro cuerpo pero no sobre nuestro destino. Podemos decidir qué
estudiar pero nadie nos asegura qué terminaremos haciendo al final de nuestra
vida. Decidimos a quien amar pero no podemos decidir quién nos ame. Podemos
decidir no tener hijos pero llegarán de cualquier manera. Podemos decidir estar
solos, pero nunca faltará quien nos robe nuestra soledad y además juegue con
ella.
Podemos
escoger a nuestros amigos pero ¿cómo sabemos que no fueron ellos los que nos
escogieron a nosotros? Nadie escoge a su familia pero cómo seríamos si no
hubiéramos sido parte de ella. Creemos que las cosas pasan porque existe un
plan diseñado desde el principio del universo y sin embargo seguimos tomando
decisiones. O decidimos no creer en el destino pero culpamos a Dios por las
consecuencias de nuestras decisiones. Somos hipócritas y convenencieros.
Creemos cuando nos beneficia y decidimos no creer cuando el destino nos muestra
su lado oscuro.
El
destino nos desconcierta, no lo entendemos y mucho menos lo conocemos; sin
embargo nos preocupa y cuando bajamos la guardia se apodera de nuestras vidas.
No importa cómo le llamemos: algo, karma, dios, destino, coincidencia. Creemos
en él de una o de otra manera. Es nuestro consuelo, saber que el universo
conspira en nuestra contra le da sentido a nuestras vidas, porque sin importar
cuán solos nos sintamos, contamos con que el destino nos hará sentir más
miserables y no dejará de recordarnos, que sin importar qué tan mal estén las
cosas, siempre pueden estar peor.
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