martes, 15 de noviembre de 2011

DEPRESIÓN, LIBROS Y LETRAS


Autosemblanza

Cualquier maestro de letras podrá estar cansado de escuchar sobre el amor a las letras que aseguran los alumnos o bien seguirá alegrándose al saber que aún existen los escritólicos. Adictos a escribir, a inventar, a crear, a contar. Y por ende estará de sobra decir que amo escribir, así que mejor nos brincamos esa parte.
 A mis 24 años de edad puedo decir que me he liberado de los trabajos esclavizantes de los que en general son víctimas los alumnos, que se ven en la necesidad de trabajar para continuar estudiando, actividad que realizan para continuar trabajando. Todo un embrollo. Sin embargo, cualquiera de mis compañeros maestros se reiría de mí, al escucharme decir que ser maestro no tiene nada de esclavizante ni tedioso. Pero asumiendo los riesgos, lo diré: amo mi trabajo como maestra de español de secundaria. Me encanta mi idioma y considero un privilegio poder enseñarlo.
Sobra decir que me reconozco novata en este arte, (sí, para mí es un arte esculpir las mentes de los adolescentes), y por consiguiente reconozco que dentro de algunos años, pocos o muchos, podría ser una víctima más del sistema educativo en México y odiar mi trabajo; pero mientras me guste, lo aprovecharé. No sé si sea vocación o producto de la misma depresión que padezco desde mi infancia, la que me ha motivado a ejercer tan ardua y, a veces, escalofriante tarea. Incluso podría creerse que mi mente retorcida, (amo reconocer esto de mí), habrá elegido esta labor a manera de suicidio, como escape lento y fatal a aquella realidad que por años me ha abrumado.
Mi baja autoestima, que como si fuera diabetes, me doy el lujo de decir, la tengo hoy en día controlada; la difícil  relación que tengo con mi madre, razón de muchos de mis dramas; la madurez inmadura a la que fui sometida de manera excesivamente rápida por ser la hija mayor; la reciente y lejana separación de mis padres; los conflictos religiosos de una religión impuesta por mi madre, luego desconocida por mi adolescencia y vuelta a imponer por mi propia juventud, que me llevó al convento y me sacó de ahí tan rápido como pudo. En fin, una serie seria de sucesos que han marcado mi vida de distintas maneras y que a veces me han hecho mirarme al espejo y no reconocerme.
¿Quién demonios eres? A veces me pregunto, al levantarme por las mañanas y descubrir una sonrisa en el rostro que a su vez llora sin saber exactamente por qué. Una sonrisa porque se es feliz yendo al trabajo pero lágrimas porque la depresión a veces ronda sólo porque sí. Ojos con fugas de diamantes líquidos que se reparan sólo en contadas ocasiones y sólo por cortos periodos de tiempo. Ojos que mienten tras las gafas pero que sin máscara te dicen todo sin consultarme primero.
Soy estudiante de letras, pero también soy maestra de letras llamadas Español. Aprendo y enseño; enseño y aprendo. Debo dar ejemplo a cuatro hermanas y mantener orgullosos a dos padres separados. A veces es mucha presión.  Busco minutos escondidos durante un día lleno de actividades (dar clases, tomar clases, dejar tareas, hacer tareas, revisar tareas) para no perderme de eso que ha sido mi medicamento durante años para mantener una falsa imagen de equilibrio mental: seguir leyendo y por favor, seguir escribiendo.
Tal vez nunca me publiquen, tal vez muera en el intento, tal vez nunca sepa con verdadera certeza si mis textos en realidad fueron buenos, pero al menos pido que nunca me quiten las hojas y el tintero. Cada noche sólo rezo: si me vas a dejar seguir viviendo mañana, deja que me siga embriagando con el olor a tinta y libro viejo.

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